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Opinión

Adiós a las armas

Ernest Hemingway, Nobel de Literatura de 1954, nos da pie –con el título de su célebre novela– para abordar ese extraordinario suceso que no sólo tiene implicancias entre las partes involucradas, el Gobierno de Colombia y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP), sino que se erige en “el modelo” para todos los conflictos armados. Para todos, sin excepción. Toda vez que se trate de eso, de un conflicto por diferencias de posición o de intereses. Diferencias profundas o intereses poderosos, fundamento de la violencia de toda guerra, del “crimen de la guerra” al decir de Juan Bautista Alberdi, jurisconsulto, político y escritor argentino (1810-1884) inspirador de la Constitución de su país, tarea para la cual incursionó en la de los Estados Unidos.

Hay frases previsibles de los discursos en ocasión de acontecimientos que se anticipan a ser calificados como históricos. Esas frases, las más de las veces, son sólo de circunstancias; su contenido se diluye como sus palabras. Hay otras, como las que expresó el Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, desde La Habana el 23 de junio último, que señalan un camino. Y lo hacen con una claridad que las convierten, en sí mismas, en una cátedra de sabiduría.

“El proceso de paz colombiano valida la perseverancia de todos aquellos en el mundo que trabajan por poner fin al conflicto violento, no mediante la destrucción del adversario, sino mediante la búsqueda paciente de una solución conciliatoria”.

Nos detenemos en una expresión que es toda una enseñanza y una verdadera filosofía de convivencia humana: “no mediante la destrucción del adversario”. El concepto y el acto de la guerra viene siendo –hay ejemplos abundantes, casi endémicos– la destrucción del adversario, destrucción de los combatientes, de la población no armada, de los objetivos eminentemente militares o de la población civil: viviendas, hospitales, escuelas, bibliotecas, teatros, plazas y parques. Los países que sufrieron los estragos gigantes de la Segunda Guerra Mundial son una patética muestra de aquello que fue (y sigue siendo) la consigna: “la destrucción del adversario”.

En la terrible sucesión de hechos bélicos en nuestra contemporaneidad (Irak, Afganistán, Siria y muchos otros) se ha inficionado la crueldad de actores que proponen, desde un fundamentalismo que no se comprende, un estado confesional (islámico) que ningún contacto tiene con el islamismo profesado por tantos fieles.

Volvamos a las palabras citadas de Ban Ki-moon desde Cuba, donde fue testigo calificado de la firma del cese al fuego bilateral y definitivo entre el Gobierno y las FARC-EP. Un hecho que debe, necesariamente, repercutir como hito insoslayable a la hora de imaginar y encarar soluciones en cualquier conflicto. Lo exaltó, además, el presidente cubano, Raúl Castro: “Los trascendentales acuerdos que hoy se han firmado por la mesa nos acercan como nunca antes al fin del conflicto armado que por más de cinco décadas ha sufrido el pueblo colombiano. La decisión de las partes de firmar hoy compromisos sobre cese al fuego y de hostilidades, bilateral y definitivo, dejación de las armas y garantías de seguridad representa un proceso de avance decisivo. El proceso de paz no tiene vuelta atrás”.

Lo de “dejación de armas” implica no una entrega del armamento al Gobierno de Colombia. Es dejar las armas, decidida y voluntariamente. En los acuerdos de La Habana puede advertirse, claramente, que no hay una parte que vence a la otra. Hay, sí, una contundente manera de que las partes se digan a sí mismas que no puede vencer una a la otra. Que acuerdan el fin del enfrentamiento y encaminan sus pasos en pos del objetivo, ahora común: el cese de la violencia armada y la paz tan ansiada y necesaria para Colombia.

La participación de la ONU en el monitoreo del proceso (junto al Gobierno de Colombia y a representantes de las FARC-EP) que pondrá punto final a un conflicto de medio siglo que ha causado más de doscientas mil víctimas en Colombia, le da un sesgo de verdadera importancia.

Antes del final de esta columna conviene llamar la atención sobre un punto: otro de los conflictos de muy larga data que ocupó más de la segunda mitad del siglo XX y lo que transcurrió hasta el presente siglo (casi setenta años) enfrenta a israelíes y palestinos. Podría replicarse su resolución usando de modelo el que se desarrolló en La Habana, a partir de encuentros promovidos por Noruega y Cuba.

Señalamos una virtud, esencial virtud de las negociaciones: sólo participaron en las deliberaciones los representantes de las partes involucradas. Los demás, los representantes de Cuba (país sede), de Noruega (garante junto al anfitrión), de Venezuela y Chile (colaboradores) no se involucraron en ningún punto de las difíciles y exitosas negociaciones entre los representantes del Gobierno colombiano y de las FARC-EP.

Repetimos: el mismo esquema de análisis y resolución podría muy bien aplicarse al conflicto palestino-israelí sin otro país u organización regional (Unión Europea) en el plato. Sólo representantes y negociadores legítimos: israelíes y palestinos. Y la “partera de los siameses”, la ONU, que con su Resolución 181(II) propició la partición de Palestina para dos estados y con un régimen especial para Jerusalén. Nadie más, según el modelo “La Habana” (lo llamamos así para simplificar ya que en el futuro podría ser Madrid o París o Río). Hace falta que los líderes israelíes y palestinos abreven en esta fuente única y significativa y encaren lo contenido en las sabias palabras de Ban Ki-moon: “no mediante la destrucción del adversario, sino mediante la búsqueda paciente de una solución conciliatoria”.

Columnista argentino.

Esta historia fue publicada originalmente el 3 de julio de 2016, 6:39 p. m. with the headline "Adiós a las armas."

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