Daniel Shoer Roth

Vivir a media cuadra del zika

Trabajadores municipiales limpian las calles de Miami Beach, Florida, Estados Unidos el 19 de agosto de 2016 para controlar la propagación de mosquitos.
Trabajadores municipiales limpian las calles de Miami Beach, Florida, Estados Unidos el 19 de agosto de 2016 para controlar la propagación de mosquitos. EFE

Un contingente de vecinos en el distrito norte de Miami Beach ha formado una alianza de desprecio por el prójimo sufriente.

En nombre de la protección del valor de los inmuebles y del ambiente familiar de la vecindad, muchos residentes han plantado la guerra a la edificación de un centro de actividades acuáticas para personas con discapacidad en un parque público, así como a la conversión de un asilo en una unidad de desintoxicación privada para pacientes con dependencia al alcohol y demás sustancias.


Los avisos de estos grupos ciudadanos, pegados en el ascensor de mi edificio, enumeran una sucesión de razones por las cuales ambos proyectos no tienen cabida en nuestro digno entorno, casi como si fueran leprosorios.

¡No podemos compartir las playas con usuarios de silla de ruedas porque nos quitarán puestos de estacionamiento y generarán más tráfico! ¡No podemos permitir que adictos emprendan el sendero hacia una vida sana porque traerán crimen y pondrán en peligro a los niños! Eso mismo claman los vecinos, al conjeturar que estos establecimientos depreciarán su calidad de vida.

Si bien estas necias escaramuzas, reflejo del mal genio de la insensibilidad humana, se fraguan en el Ayuntamiento de Miami Beach desde hace meses, pensé en ellas días atrás, cuando el Estado de Florida triplicó el territorio con transmisión activa del virus del zika, expandiéndolo desde South Beach hasta la calle 63 de la ciudad balneario, exactamente a media cuadra de donde vivo.

El mosquito vector del virus, el Aedes aegypti, no ha solicitado a la municipalidad permiso de construcción ni cambio de zonificación de uso de suelo. Sin embargo, amenaza la economía y la salud de los habitantes y comerciantes mucho más que los individuos con habilidades diferentes anhelosos de brisas marinas o los alcohólicos con ansias de recuperación.


Pero los vecinos de North Beach –distrito que comienza a la altura de la calle 63– que tanta bulla han hecho con tal de ver sucumbir las mencionadas propuestas, poco se han organizado y protestado con miras a escindir las alas de este verdadero enemigo posado a sus ventanas. No han movilizado a la comunidad en aras de exhortar al Congreso a destinar más fondos para detener la amenaza de sanidad pública. No han distribuido folletos educativos sobre la prevención de la enfermedad. No han ido casa por casa para orientar de cómo disponer adecuadamente los desechos y reconocer los potenciales criaderos donde se reproduce este zancudo de gran capacidad de resistencia.

Solo falta que se revele un caso de contracción del virus a consecuencia de picaduras de mosquitos autóctonos al norte de la calle 64 para que el resto de la Playa sea declarada foco de transmisión del zika, angustiando a residentes (en especial a mujeres embarazadas o deseosas de ser madres) y ahuyentando a los visitantes que les permiten ganarse el pan. El sector turístico ya sufre los embates provocados por la alerta de riesgos de contagio.

De ser así, probablemente los vecinos del norte se unirán a sus conciudadanos del sur en un popurrí de teorías conspiratorias sobre el zika. Recientemente, desataron una rebelión contra la fumigación aérea por temor a los efectos del pesticida Naled. “¿Quién se está beneficiando de la histeria masiva del zika?”, rezaba una de las pancartas de los manifestantes portando máscaras de gas. La Agencia de Protección Ambiental, empero, asegura que no entraña riesgos. Y es la forma más eficaz de combatir al mosquito.


Preocupada por la presunta relación entre el virus y las malformaciones congénitas en recién nacidos, la Organización Mundial de la Salud declaró al zika una emergencia de salubridad que afecta al planeta entero. Los vecinos de Miami Beach no deberían ignorar esta alerta, ni tampoco las necesidades de grupos sociales en situaciones de desventaja como las personas discapacitadas y enfermas. Ellas merecen tener sus centros de recreación y salvación en nuestro vecindario, porque su bienestar contribuye al bien de todos.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista del acontecer de Miami.

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