Daniel Shoer Roth

Galopan las bestias del nacionalismo y la xenofobia

Algunos de los grafitis pintados en el parque Adam Yauch de Nueva York.
Algunos de los grafitis pintados en el parque Adam Yauch de Nueva York.

El nacionalismo es una enfermedad infantil. Es el sarampión de la humanidad.

Albert Einstein

Vientos de odio soplan fuerte y agitan la nación trémula. Las aguas del respeto a la individualidad oscurecen revueltas. Un meteoro eléctrico de racismo se escucha estridente en la cercanía. Un huracán de prejuicios mundanos y comunes apela a sentimientos enraizados en el nacionalismo. Las nieves invernales congelan el calor del corazón humano.

Brotes de un etnocentrismo negativo, xenofobia y supremacía blanca se han acrecentado en Estados Unidos desde las elecciones entre ciudadanos poco informados y azotados por la crisis económica, movimiento que, de no ser detenido, puede convertirse en una enorme fuerza excluyente que antepone las raíces a los valores.


Hemos de ponemos en guardia frente a los sentimientos nacionalistas exacerbados por el populismo político y la retórica incendiaria de la campaña presidencial. Sectores radicales norteamericanos pretenden cargar las culpas de lo que perciben mal en los demás, en los inmigrantes, refugiados, minorías raciales y religiosas. Lenguaje ofensivo y abiertamente racista, en adición al uso de simbología nazi como la esvástica, se explotan para incitar el odio.

El Southern Poverty Law Center (Centro Legal de Pobreza Sureña), entidad que vigila a los grupos de odio, documentó, en apenas seis días entre el 8 y 14 de noviembre, 437 episodios de intimidación a personas negras, hispanas, musulmanas, judías, inmigrantes, mujeres y del colectivo LGBT.

Se trata de la punta del iceberg de la estigmatización del “otro”. O, como decía el sabio doctor Sigmund Freud, del “narcisismo de la pequeña diferencia”.


En una escuela en Colorado, un niño amenazó a una afroamericana de 12 años: “ahora que Trump es presidente, voy a dispararte a ti y a todos los negros que pueda encontrar”. En otro recinto en el estado de Washington, los alumnos corearon “construyan un muro”, y “si no nacieron aquí, empaquen sus maletas”. En Texas, una latina paseaba a su bebé cuando una mujer le gritó: “poder blanco”. A una pareja gay que caminaba agarrada de manos en Carolina del Norte, un hombre los vilipendió: “¡malditos mari…!”.

Estos hostigamientos indudablemente habrían ocurrido en otro contexto, pues la historia norteamericana no ha estado exenta de racismo y xenofobia, aunque sus expresiones se movían en los márgenes del discurso aceptable. La sorpresa de este proceso electoral es su frecuencia y sintonía con el razonamiento de figuras como Steve Bannon, nombrado por el presidente electo a uno de los dos cargos de mayor influencia en la Casa Blanca. Es un agitador de la llamada alt right que otrora dirigió su lanzallamas contra judíos y musulmanes; republicanos y demócratas.

Jonathan Greenblatt, director nacional de la Liga Anti-Difamatoria, ofrece a The New Yorker una conclusión independiente: “En la última semana hemos presenciado gran cantidad de hechos preocupantes; un alza en acosos, alza en vandalismo, agresiones físicas. Algo que no pasaba antes está sucediendo. Hemos sido inundados de denuncias; allá afuera reina la locura”.


Ningún grupo es inmune al fanatismo empeñado en humillar y despreciar razas, etnias, religiones e identidades. En los albores del exilio cubano, una etiqueta en el parachoques trasero de vehículos pregonaba: “El último estadounidense que deje Miami, pudiera, por favor, traer la bandera consigo”. El puente del Mariel y las migraciones de centroamericanos escapados de la violencia también generaron repudio dentro del colectivo blanco. Antes del movimiento de derechos civiles, los judíos eran confinados al sur de la calle 5 de Miami Beach y los afroamericanos segregados a una sola playa.

La Historia despejó siglos de oscurantismo en los cuales las diferencias de religión, lengua, etnia y cultura instituían impedimentos insalvables en la convivencia bajo un Estado. Y en Estados Unidos, la población mayoritaria desciende de las olas migratorias de los siglos XVIII y XIX. El propio Donald Trump exhortó a sus adeptos a no acosar a las minorías. “Me entristece mucho escuchar eso”, afirmó en su primera entrevista televisada tras la victoria. “Y digo, ‘¡Paren ya!’ ”. Ojalá sea escuchado. El peligro adherido yace en que la sociedad se acuartele en la indiferencia.

Escritor venezolano, biógrafo, periodista, nieto de sobrevivientes del Holocausto.

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