Daniel Shoer Roth

¡Llegó la hora de hacer las paces!

Hillary Clinton y Donald Trump.
Hillary Clinton y Donald Trump. AFP/Getty Images

La última portada de la revista Time recoge, de manera sarcástica, un sentimiento abrigado por millones de personas: la ansiedad agonizante de quienes no toleran, ni un minuto más, la toxicidad y el tono lesivo de la campaña presidencial. “EL FINAL ESTÁ CERCA”, proclama, en inglés, una pancarta sostenida por unos risueños Donald Trump y Hillary Clinton, lado a lado acaso en gesto de hermandad.

Mas allá de ideologías, propuestas políticas y el habitual bombardeo de propaganda negativa sobre los candidatos, este proceso electoral se ha distinguido por la falta de cordura en el debate y la exaltación de los malos deseos, la envidia, el odio, la descalificación del semejante y la morbosidad. Muchos ciudadanos, honrados en su mayoría, han intentado aliviar frustraciones abandonándose a los instintos más bajos.


El resultado es que, a nivel de la vida cotidiana, la sociedad norteamericana se ha fragmentado en mil pedazos, asolada por extremismos e ignorancia. Se ha fomentado una estructura de oportunismo donde parece preponderar la sensación fatalista de ruina. Sin manifestar el menor espanto, hemos sufrido una paulatina destrucción de las costumbres. ¡Qué lástima! Porque el nuestro es un país de gente ilustrada, talentosa y patriótica.

La contención generalizada y la vehemente repulsión sentida por los partidarios de un postulante por su adversario, han devenido en una ola endémica de peleas y fisuras entre matrimonios, familias, amigos, vecinos, colegas, correligionarios, cibernautas, conocidos y desconocidos. Unos y otros se han quitado intempestivamente el habla; se han borrado mutuamente en las redes sociales; se han proferido insultos, calumnias y amenazas; se han dejado de mirar a los ojos.


En Florida, uno de los estados indecisos y claves donde las encuestas de intención de voto muestran un reñido panorama en el cual la candidata demócrata y el republicano no se sacan grandes ventajas, el enfrentamiento hostil permanece latente por doquier. Día a día, en Miami escuchamos –o somos testigos– de episodios de discordia, cara a cara o virtual, entre personas con idearios rivales que otrora respetaban las normas de convivencia civilizada, cuya observancia es imprescindible para conservar nuestra calidad humana.

Un sondeo del New York Times y CBS publicado el viernes revela que más del 80 por ciento de los electores afirman que la campaña les ha causado repugnancia en lugar de entusiasmo. La mayoría alberga dudas sobre la capacidad de los nominados para unificar al país después de esta moralmente devastadora contienda. En efecto, un 27 por ciento y un 11 por ciento de los seguidores de Trump y Clinton, respectivamente, respondieron que probablemente no aceptarán el resultado si su candidato pierde.


Pero, si bien el liderazgo del vencedor parece insuficiente para amainar las tensiones sociales a nivel nacional por la desconfianza en sus figuras, en los partidos y en el sistema electoral, la facultad de hacer la paz y traer reconciliación en la familia, la escuela, el lugar de trabajo, la vecindad y la comunidad, está en manos de cada uno de nosotros.

Y la alentadora noticia es que este ansiado proceso de limpieza profunda a fin de deshacerse de los escombros brotará con los primeros rayos del sol el miércoles.


Una radiante nube de optimismo se posa sobre Miami y toda ciudad, aunque la vuelta a la normalidad no es, ciertamente, fácil, ni resultará inmediata. Llegó el momento de echar fuera los malos pensamientos y el rencor fútil para reunir y cultivar de nuevo la amistad y el compañerismo, no obstante los disentimientos de opinión, derecho inalienable. En metafóricas palabras del profeta Isaías, forjemos de espadas arados, y de lanzas, podaderas.

Las relaciones interpersonales y comunitarias trascienden las diferencias políticas e institucionales, porque la coexistencia armónica y la hermandad son valores enaltecidos en una sociedad democrática impregnada de libertades. Un saludo cordial, una tierna sonrisa, un cálido abrazo… es todo lo que hace falta para sanar un corazón rabioso.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista del acontecer de Miami.

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