Daniel Shoer Roth

Las cosas simples que mucho valen

Trompetistas amenizando el evento "Traffic Jam" (Embotellamiento) el 3 de diciembre de 2016, en Miami, Florida.
Trompetistas amenizando el evento "Traffic Jam" (Embotellamiento) el 3 de diciembre de 2016, en Miami, Florida. EFE

La vida nos ofrece lecciones a través de hechos, generalmente dolorosos, personas y cosas. Mis maestros del momento son una lavadora y secadora nuevas soltadas en pleno salón de mi hogar, esperando llegar, algún día, a su morada final.

Como parte de una remodelación de baños abatidos por cuatro décadas de funcionamiento, compré las máquinas en una cadena de bricolaje y ferretería hace más de un mes e inmediatamente doné las viejas. Extenuantes retrasos en el trabajo de albañilería y la entrega de mercancía, agregados a la irresponsabilidad de los repartidores que se marcharon displicentemente sin instalarlas, me han deparado aventuras de inmensos conocimientos en una lavandería de autoservicio de barrio.


En un balde con agua y jabón conservo en remojo la ropa sudada que lavo a mano en la tina –a la antigua usanza–. Abarroto bolsas negras de basura con la ropa, sábanas y toallas sucias acumuladas para transportarlas al laundromat. Lleno botellitas de plástico con detergente y suavizante. La encargada del turno de madrugada explica el proceso. Compro una tarjeta, distribuyo la carga en varias lavadoras y espero, hipnotizado por su trepidante girar. Dispongo de carritos para llevar las prendas mojadas a las secadoras. Empaco todo de nuevo en bolsas frescas y regreso a casa a doblar.

En pleno trajín, pienso en las pequeñas bendiciones, aquellas que subestimamos en la correría cotidiana porque las tenemos. Comodidades valoradas mucho más cuando las perdemos, abriéndonos su falta a otra realidad vigente.

Son cosas muy simples, como un chorro de agua. Sin ducha, me vi forzado a asearme en baños comunes de piscina y gimnasio. O como la limpieza y el orden. Los escombros regados por el apartamento y el polvo de la obra que todo lo cubrió me impidieron conciliar el sueño y concentrarme para escribir. O como una puerta que garantiza la privacidad de las funciones biológicas.

Nuestros antepasados lavaban vestimenta y enseres en la margen de ríos y lagos, y aún hoy han de hacerlo cientos de millones de personas que ni siquiera tienen acceso al agua potable a través de mecanismos modernos. Sin suministro eléctrico, ni retretes, ni mercados, ni medicamentos, asegurar la supervivencia es un duro desafío.


Aquí, sin embargo, solemos quejarnos de la factura de FPL, del tráfico vehicular, de las grasas trans y del costo abusivo de los fármacos, sin apreciar la luz que ilumina los placeres nocturnos, la abundancia de alimentos, los servicios médicos cercanos y los vehículos que nos transportan adonde queramos ir.

La inconveniencia de permanecer varias semanas sin lavadora (Home Depot aún no da fecha de instalación), que debía haber sido causa de un leve malestar de lujo, se ha tornado, sí, en semillero de alegría y camaradería.

En la atmósfera de la lavandería se respira, además de perfume, una empatía que hermana a los clientes en la pobreza; en la carencia de unos electrodomésticos que facilitan la existencia. Están dispuestos a ayudarte y a conversar. Como llevé detergente concentrado, una mujer pensó que no tenía suficiente y echó en mis lavadoras el excedente del suyo.

Pero, “no todos los días son de Santa Lucía –relata un empleado risueño–. A veces tienes que poner cara de machete”.


La gente, inmigrantes hispanos, desvela en sus rostros el agotamiento. Un trabajador de hotel que devenga $8 la hora debe lavar un centenar de toallas y sábanas. Otros llegan con el fardo pesado de bolsos y maletas. Las lavadoras, aseveran, no son eficientes. Las secadoras sí.

Aquellos con lavadora y secadora propias dentro de sus hogares o en sus edificios, poco reconocen ese privilegio. Lo mismo los dueños de una nevera o aire acondicionado. Tener techo, agua corriente, colchón, teléfono, conexión a internet, horno, baño… son fuentes de verdadero bienestar.

En este Año Nuevo, para mis estimados lectores ruego, no el billete ganador de la Lotto, ni el carro del año, ni la dieta milagrosa, sino la facultad de valorar las cosas simples que mucho valen sin antes perderlas.

Escritor venezolano, periodista, autor de la biografía “Agustín Román: Pastor, Profeta, Patriarca”.

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