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Daniel Shoer Roth

Caminantes y balseros: la segunda diáspora venezolana

Personas caminando con su equipaje en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, que atiende a Caracas. Una encuesta reciente de Datincorp muestra que un mayor número de venezolanos desea emigrar para escapar de la grave crisis que aflige al país. AFP PHOTO/Leo RAMIREZ (Photo credit should read LEO RAMIREZ/AFP/Getty Images)
Personas caminando con su equipaje en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, que atiende a Caracas. Una encuesta reciente de Datincorp muestra que un mayor número de venezolanos desea emigrar para escapar de la grave crisis que aflige al país. AFP PHOTO/Leo RAMIREZ (Photo credit should read LEO RAMIREZ/AFP/Getty Images) AFP/Getty Images

Ante una nación devastada por la dictadura de Juan Vicente Gómez, el presidente Eleazar López Contreras puso en marcha en 1936 el primer gran proyecto de transformación del Estado moderno venezolano. El “Programa de Febrero” tenía la finalidad de acometer reformas sociales y sanitarias, e implementó un plan de inmigración y colonización con ciudadanos extranjeros para quienes se esbozaron incentivos y garantías. Se precisaban profesionales bien calificados y manos obreras para apoyar a los productores nacionales.

Venezuela abrió así las puertas de magna oportunidad para millares de europeos desplazados por guerras, hambre y trauma. La consiguiente notoriedad de país próspero, poblado por gente honrada y tolerante; una sociedad multirracial sencilla y homogénea que permitía la incorporación de costumbres, valores y creencias, atrajo multitudes, desiguales en su capacitación, de variadas latitudes, desde la lindante Colombia hasta la remota China. Entre ese contingente de expatriados estaban mis abuelos maternos, escapados del nazismo que diezmó a sus familias en campos de concentración.

Soy producto de esa tierra de gracia y alivio que a millones de individuos, criollos y foráneos por igual, permitió florecer con su máximo potencial. Arraigados vehementemente al terruño, pocos venezolanos se vieron en necesidad de emigrar. Hasta que, encandilando a las masas como falso Mesías, ascendió al poder Hugo Chávez sobre el pedestal del socialismo del siglo XXI, ideología que sumirá al país en una precariedad material y moral inconcebibles.

Y germinó la primera diáspora venezolana. Los profesionales, empresarios, estudiantes, descendientes de inmigrantes con doble nacionalidad; los perseguidos, expropiados, secuestrados, así como las capas de las clases media y trabajadora con suerte de adquirir un boleto de avión, salieron con la patria en el corazón y en el orgullo; enlutados por verla desfallecer progresivamente sobre sus brazos.

Hoy el alarmante índice de violencia, la hiperinflación, la endémica escasez de alimentos y medicinas, el ahogo de las libertades ciudadanas y las restricciones que imposibilitan una holgada actividad humana, precipitan otro masivo éxodo de la población más pobre, precisamente aquella a la cual el chavismo prometió elevar sus estándares de vida.

Huyen de la impotencia y del desaliento, arriesgándose a bordo de quebrantables embarcaciones en las revoltosas aguas del Caribe, o abriéndose camino a golpe de machete, entre feroces caimanes y jaguares, en la espesura de la selva amazónica.

Con una mano delante y otra detrás, más de 150,000 venezolanos se marcharon en el transcurso del último año, cifra récord en más de una década, afirman demógrafos consultados por el New York Times en un reportaje acompañado por turbadoras imágenes de migrantes en plena huida. Sus demacrados rostros dejan traslucir la miseria, el miedo y el descalabro en que están inmersos –un mal inaudito en la historia moderna nacional.

Padecen los quebrantos propios del caminante sin papeles, las puertas cerradas de un mundo hostil e incluso la consecuente derrota: la deportación a Venezuela y al calvario que allí aguarda. Los contrabandistas los arrojan por la borda, lejos de las orillas de Curazao, forzándolos a guerrear contra las olas para no hundirse. En el pequeño territorio insular, otrora destino vacacional para coterráneos, buscan comida y trabajo en la sombra de la ilegalidad.

Hacia el Sur, decenas de miles de almas abatidas se refugian en Brasil. El jefe de defensa civil del Estado Roraima describía al Times un aterrador panorama: “Ya vemos abogados venezolanos trabajando como cajeros de supermercados, venezolanas que recurren a la prostitución e indígenas de ese país que piden limosna en las intersecciones de tráfico”.

La avalancha humana ilustra un lúgubre retroceso de dos siglos, cuando tras la guerra emancipadora reinaban el hambre, el caos y la desorientación. Querer escapar de estos flagelos es un instinto del ser humano, elemento fundamental en la supervivencia desde los albores de los tiempos, lo cual explica la primera y segunda diásporas. Abriguemos deseos vivos de ver renacer aquella Venezuela imán de inmigrantes, y extinguirse la Venezuela de los desesperados emigrantes.

Periodista egresado de la Universidad Central de Venezuela, escritor, biógrafo y cronista.

Esta historia fue publicada originalmente el 3 de diciembre de 2016, 6:34 a. m. with the headline "Caminantes y balseros: la segunda diáspora venezolana."

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