La cara de Miami que no vemos
Escribir sobre la pobreza y los hirientes contrastes entre la indigencia y la opulencia en Miami es sencillo cuando las estadísticas oficiales sostienen las premisas. Entrevistas en barriadas marginales, amén de las observaciones cotidianas de una pluma vigilante, complementan el discernimiento. Siempre con un norte: desnudar, en esta tribuna, las crudas realidades de la epidermis de la vida ciudadana. Conocerlas es el primer paso hacia su mejoramiento.
Pero esta semana, en lugar de ir yo tras la huella de la realidad, esta vino a mí fortuitamente. Y, quizás por estar desprevenido, o tal vez más sensible, la evidencia me laceró, tanto y tan profundamente, hasta dejarme en carne viva.
Comenzó con un mero encargo. Una amiga compró una casa vieja en North Miami a modo de inversión, con el propósito de reconstruirla para arrendarla. Tras una mediación en la Corte Civil del Condado, la inquilina del antiguo dueño acordó desalojar la vivienda según contempla la ley. Al no estar aquí, la nueva propietaria me pidió representarla para retirar la llave en la fecha pautada y realizar la inspección final. Una experiencia inédita para mí, incómoda, admito.
En esta faena de cronista del acontecer local, he visitado numerosísimas viviendas cubiertas de moho tóxico, con filtraciones de agua, grietas y aberturas, ventanales de cristal rotos, techos descascarillados, fachadas deslustradas y hasta pisos desplomados. No obstante la insalubridad y el hacinamiento, sus residentes suelen preservar el sentido de dignidad del hogar y la familia.
La inmensa pesadumbre de la miseria que confronté días atrás fue distinta, más cruel y sin remedio. Ilustraba, no solo la indigencia que flagela a Miami, sino la derrota moral de personas que la padecen. Me daba pena y desconsuelo la desolación que el porvenir ofrecía a esta miamense, una veinteañera con tres hijos que fue madre soltera por vez primera a los 15 años.
La precariedad de la vivienda, las condiciones infrahumanas de vida y el entorno urbano degradado poco diferían de las sociedades en vías de desarrollo del Tercer Mundo. La diferencia, sí, es que somos parte de la geografía de la primera potencia del planeta. Además, nuestra ciudad se jacta de grandezas; de atraer las riquezas de todo el orbe; de la sofisticada banca y el atractivo turístico playero; de los megacentros comerciales y las prestigiosas ferias de arte; de ser capital de las Américas.
El hecho de que las aguas residuales de la cocina salieran por la ducha, arrojando desechos sólidos y grasas –impidiendo a los moradores bañarse durante meses –, pese a que la madre imploró al otrora dueño que arreglara la plomería, no fue lo único que me perturbó. Ni la estrechez del lóbrego chiquero en que se había transformado la cocina. Ni el perfume nauseabundo que inundaba las paredes desconchadas.
Fue el ambiente de marginalidad social lo que más me conmovió. Demacrados infantes lloriqueaban. Un perrito abandonado ladraba. Los zancudos me devoraban. Los vecinos fumaban marihuana. La tristeza, desilusión y desesperanza que dejaban traslucir las miradas de los jóvenes adultos mientras empacaban redundaban en la propia desvalorización. Preparaban arroz amarillo con vegetales. Era “la última cena”, les dije bromeando. Finalmente sonrieron.
El cerrajero instaló nuevas cerraduras y me tocó dejar las llaves a quien supervisará la remodelación en el vestíbulo de una lujosa torre residencial en Aventura. Allí, el aire estaba impregnado de un divino aroma de jazmines y rosas, esencia de pinos y fresas. Una música suave y sedante, estilo spa, invitaba a sentarse en blandos sillones que provocan hundirse en ellos. “¡Qué hermoso lugar!”, exclamé. El botones respondió: “Necesitas dos millones de dólares para comprar apartamento aquí”.
Los últimos datos del Censo coronaron a Miami como el centro urbano con la mayor desigualdad social en Estados Unidos. Los ricos son cada día más ricos y los pobres cada día más pobres. Lo comprobé en apenas unas horas. Esa noche me acosté con el corazón herido, sin olvidar una etiqueta engomada a una pared de aquella casa desvencijada que invocaba: “HOGAR… donde se hacen los RECUERDOS más felices”.
Escritor venezolano, periodista, biógrafo, ensayista y cronista.
Esta historia fue publicada originalmente el 7 de enero de 2017, 7:13 a. m. with the headline "La cara de Miami que no vemos."