Daniel Shoer Roth

Torturas, abuso de poder e impunidad en las macabras cárceles de Florida para menores

Daniel Shoer Roth

dshoer@elnuevoherald.com

La vida los ha llevado por caminos tenebrosos, errantes y sin sendero. Un camino violento e intolerable que los arrastra hacia la falta y el crimen. A temprana edad, padecen de ansias, congojas y miserias, y culminan en el vacío de todas las ilusiones.

Así se forma nuestra delincuencia juvenil en la Florida, llorando su abandono y cultivando su maldad en los centros de detención para supuestamente rehabilitarlos y generar oportunidades de inclusión social. El gobierno estatal ha fomentado un sistema de justicia penal que, a fuerza de privaciones y coacciones, pervierte aún más a los menores, en lugar de moralizarlos, asegurándoles un futuro tendiente a multiplicar comisiones de delitos.


Los adolescentes a menudo ingresan a la tutela del Departamento de Justicia Juvenil por delitos menores, y en su mayoría esas conductas falibles y nocivas son secuela de una niñez azotada por los adultos; de un despertar en un mundo descorazonado. Abuso, negligencia, violación, abandono, falta de educación, trauma… esas son sus raíces y el combustible de sus venganzas.

Pero nada es tan espantoso como el purgatorio que les aguarda en las instalaciones carcelarias en Miami y el resto del estado, donde soportan un trato inhumano, castigos degradantes y explotación brutal durante el cautiverio. Los carceleros son despóticos y despreciables –ellos mismos tienen antecedentes–, instigadores de un ambiente dañino y corruptor plagado de extorsión, favores sexuales y peleas entre los reclusos como medio de entretenimiento.

A ese hallazgo vergonzoso para una sociedad que se jacta en defender los derechos humanos, ha llegado una prolífica investigación del Miami Herald titulada “Club de Pelea”, que desvela con evidencias irrefutables, testimonios y aterradores videos de vigilancia, una cultura penitenciaria de oprobio, abuso y complicidad, irrespetuosa de la dignidad y las garantías de los adolescentes infractores.

Todas las contradicciones del poder punitivo de la Florida se exaltan al observar las salvajes golpizas, no solo propinadas a cuerpos frágiles e indefensos por los guardias, sino también por pequeños mercenarios retribuidos con golosinas para castigar, en nombre de las autoridades, a compañeros de reclusión. Las denuncias y las condenas contra el personal penitenciario implicado son escasas.


Obra de las periodistas Carol Marbin Miller y Audra D.S. Burch, Club de Pelea da fe de doce muertes dudosas desde el 2000 por causas como asfixia, atropello brusco del recluso, palizas entre jóvenes, enfermedades y lesiones no tratadas. Una víctima de 17 años, Elord Revolte, sufrió una hemorragia interna fatal hace dos años, tras una acometida en el Centro de Detención Juvenil Regional de Miami-Dade instigada por funcionarios de la instalación, según dos chicos agresores.

Hay mucho más dolor en esta crónica de la maldad, y se remonta al génesis del sistema correccional juvenil en Florida, cuando a los niños los inmovilizaban con cadenas de hierro. Esas prácticas retrógradas quedaron atrás y se readecuaron las políticas sociales a fin de que los adolescentes puedan gozar de sus derechos. Pero en pleno siglo XXI, la Legislatura estatal, ante un aumento en la delincuencia juvenil, impulsó un modelo de disciplina enfocado en el castigo bajo el eufemismo “amor severo”.


El parco interés del Estado en el bienestar de esta población vulnerable se refleja en salarios míseros devengados por los agentes de detención, pese a los riesgos de su faena, y en la contratación privada de servicios penitenciarios. Cientos de guardias y enfermeros empleados por estas entidades fueron despedidos de prisiones para adultos por mal desempeño, concluyó el Herald. Con antecedentes criminales algunos, no sorprende que ordenen peleas entre los muchachos para divertirse o sostengan relaciones sexuales con los reclusos. Además, el sistema impone una mordaza para silenciar las atrocidades.

Urge que la ciudadanía exhorte a esbozar una política de justicia penal respetuosa de los derechos de estos jóvenes infractores de la ley. La privación de la libertad y la mirada de desprecio de una sociedad indiferente son castigos suficientes.

Escritor venezolano, periodista, traductor y asesor de comunicaciones. Siga al columnista en redes sociales: @DanielShoerRoth.

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