Fabiola Santiago

Mucha de la desconfianza en Hillary Clinton no es más que sexismo

La candidata demócrata a la Presidencia de Estados Unidos Hillary Clinton (i) y el candidato republicano, Donald Trump tras el primer debate de aspirantes a la Casa Blanca el lunes 26 de septiembre de 2016, en la Universidad Hosfra de Hempstead, Nueva York.
La candidata demócrata a la Presidencia de Estados Unidos Hillary Clinton (i) y el candidato republicano, Donald Trump tras el primer debate de aspirantes a la Casa Blanca el lunes 26 de septiembre de 2016, en la Universidad Hosfra de Hempstead, Nueva York. AFP/Getty Images

En cada celebración de cualquier logro de mi vida, mi padre — mi mayor defensor — elogiaba mi inteligencia, mi laboriosidad y mi persistencia, y luego, inevitablemente, añadía: “Ojalá hubieras nacido varón”.

En una ocasión, yo le hice notar lo que era evidente: que eso hubiera sido un paso atrás. Yo soy más capaz que los hombres. Yo he parido tres veces. Pero, la mayoría de las veces, yo me encogía de hombros ante el machismo de mi padre y me iba sabiendo que estaba haciendo con mi vida lo que yo quería, a pesar de todas las maneras en que él trataba de meterme en cintura, de acuerdo con su época y con su lugar en el mundo.


Pero ya estoy harta de encogerme de hombros frente a la misoginia.

A las mujeres de este país les queda un techo por atravesar todavía, el más alto de todos – la presidencia de Estados Unidos – y es hora de hacer que la gente deje de querernos avergonzar por tener la esperanza de que Hillary Clinton gane.

Clinton ha probado, y más que probado, que es la candidata más calificada para asumir la próxima presidencia de Estados Unidos. Sus ideas y sus planes son concebidos meticulosamente. Incluso en el 2008 su currículo tenía mucho más peso que el del hombre que la derrotó, el senador novato de Chicago, Barack Obama, quien está ahora haciendo campaña a favor de ella. En lugar de deprimirse por la pérdida de la nominación demócrata a la presidencia, la senadora y ex primera dama convirtió su derrota en otra oportunidad en dar un paso más de avance hacia la presidencia. Lo único que hubiera sido más complejo que servir como secretaria de Estado de la administración de Obama habría sido entrar al Tribunal Supremo.

Y, sin embargo, sus credenciales de primera no han logrado para Clinton el respeto que ella se ha ganado.


Las encuestas la colocan en una reñida competencia contra el simplista de Donald Trump, quien es famoso únicamente por hacer del discurso del odio el pan nuestro de cada día. Sus ideas no favorecen a nadie, sino a los más ricos y los más tribalistas. No obstante, en Clinton se tiene sólo un poco más de confianza que en Trump. Solamente el 35 por ciento de las personas encuestadas en un sondeo de ABC/Washington Post creían que Clinton era honesta y confiable. Un asombroso 31 por ciento de la gente cree que Trump es honesto y confiable.

Este es el hombre que incluso miente sobre mentir, y que se sale con la suya sin que nadie oponga la menor resistencia, no ya Fox News, de tendencia derechista, sino incluso Matt Lauer de NBC.

Hay una sola explicación posible para este estado de cosas: la misoginia.


Después de ver el primer debate republicano, con un presupuesto tan bajo en sustancia y conocimiento, nunca se me ocurrió que pudiera ocurrir algo que no fuera que Clinton obtuviera la presidencia con la mayor facilidad del mundo. ¡Qué crédula fui! Yo subestimé lo profundamente arraigado que está el sexismo en la cultura estadounidense, y su habilidad para colarse en la conversación nacional de maneras lo mismo subrepticias que evidentes.

La cobertura de la neumonía de Clinton es uno de los casos evidentes.

La manera condescendiente en que se habló de una infección de los pulmones en medio de una campaña extenuante y competitiva resultó para mí la última gota. Trump oculta sus declaraciones de impuestos sin que haya la menor repercusión. Ella es criticada a cada momento por sigilosa y por no haber revelado el diagnóstico de la neumonía enseguida. Estamos hablando de un par de días.

“Donald Trump aprovecha la ausencia de Hillary Clinton para exponer mejor su plataforma”, decía un titular de The New York Times.


Si se lee entre líneas, eso dice: La mujer falta al trabajo, es débil.

Christiane Amanpour de CNN hizo un sólido reportaje histórico sobre todos los hombres que han sido presidentes y han sufrido enfermedades graves en el ejercicio de su cargo — señalando que la prensa dominada por los hombres había mantenido en secreto su mala salud — y el titular de moda es: “¿No puede una chica tomarse un día o dos de enfermedad?”

Si se lee entre líneas, eso dice: Una no puede adelantar en nada a no ser que recurra a hacerse la chica débil.

La lengua de carretero de Trump debería haberlo descalificado desde un inicio, pero en lugar de eso le hizo ganar popularidad. El comentario de Clinton “el cesto de los deplorables” que describe a un sector de los partidarios de él fue tratado como un momento que pudo haberle costado la presidencia. Trump no tiene a un ex representante de su propio partido, en una reñida campaña por su antiguo puesto, faltándole al respeto con un comentario sexual al descuido como hizo recientemente el demócrata de Miami Joe García con Clinton. Trump no oye a sus partidarios evaluando todo el tiempo lo simpático que es, porque él debería ser, vaya, más cálido.


Yo fui asignada a cubrir la participación de Hillary Clinton en la Primera Cumbre de las Américas en Miami en 1994, y era evidente que ella tenía mucho más que las calificaciones necesarias para presidir la agenda de las primeras damas del hemisferio, un evento de segunda con más protocolo que sustancia. Clinton — con su brillantez y su atención a los detalles – hizo que el evento se sintiera más importante.

No hay duda que las dos hubiéramos preferido estar donde se estaban haciendo los verdaderos acuerdos. Y ahora, ella lo está.

Sólo que, como mi padre le hubiera echado en cara, ella no nació varón.

Fabiola Santiago: fsantiago@miamiherald.com, @fabiolasantiago

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