La política de Biden hacia Cuba no debe ignorar a cubanoamericanos de Miami | Opinión
La batalla sobre cual será la nueva política del presidente Joe Biden entre Estados Unidos y Cuba está en marcha.
Desde Miami hasta Washington D.C., ambas partes están estableciendo la labor partidista de base en cuanto a apoyo y oposición a lo que sea que adopte Biden.
Hay evaluaciones reflexivas sobre puntos preliminares de lo que podría ser el plan de Biden, compartido con personas de su círculo interno y en comentarios públicos hechos por Biden, su portavoz y la vicepresidenta Kamala Harris.
También hay planes tontos, a favor y en contra de una revisión de las sanciones del ex presidente Donald Trump, para organizar más caravanas y manifestaciones en la Torre de la Libertad.
Una taza de tilo nos vendría bien a todos en este momento.
Mientras tanto, en Cuba, el estado se ocupa aplastando a la disidencia —públicamente— a la semana de iniciarse en la presidencia Biden.
¿Alguna vez se habrá escuchado que el ministro de cultura de cualquier otro país saliera de su oficina y empujara violentamente a periodistas independientes y a artistas jóvenes que pedían dialogar sobre la libertad artística?
¿El gobierno cubano estará enviando un mensaje a Washington, encriptado en la confrontación viral, mientras los diplomáticos y líderes cubanos en Twitter exigen respeto a la nueva administración estadounidense que ha declarado que los derechos humanos impulsarán las decisiones de política exterior?
“Están acomodando las cosas para que Biden no pueda hacer nada”, me dice un académico cubanoamericano con conexiones en Cuba. “Hay una facción en Cuba que teme abrirse a Estados Unidos. Siempre ha sido así”.
Papel de cubanoamericanos
Al otro lado del Estrecho de la Florida se encuentran los cubanoamericanos, divididos y en discordia. Algunos están comprometidos con el status quo e intentan sabotear una reevaluación por parte de Biden de la política de Trump.
El ruido puede llegar a ser tan fuerte que no es de extrañar que algunos estén abogando por que Biden se concentre únicamente en los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos al tratar con Cuba, e ignore las consecuencias políticas que puedan surgir de los cubanoamericanos debido a sus decisiones.
Este modo de pensar promueve la idea de que no se puede confiar en los grupos étnicos, así que hay que mantenerlos a distancia.
Como dijo un ex político cubanoamericano que apoyó la política de deshielo del presidente Obama: “Nos ven como la piedra en el camino”.
Ninguna intervención en Cuba, dicen otros; que lo resuelvan ellos mismos.
Este es un enfoque miope.
Los cubanoamericanos son ciudadanos estadounidenses y partes pertinentes en el futuro de las relaciones entre los dos países. No somos un grupo monolítico, como piensa mucha gente fuera de Miami, y tenemos mucho que aportar a la conversación.
Biden nos necesita y necesita nuestra experiencia. Los cubanos de a pie en Cuba necesitan que aboguemos por ellos.
Lo que sucede en Cuba afecta a Miami y viceversa. Y, como bloque de votantes, tenemos un impacto en la política nacional, como lo han demostrado las elecciones en el pasado.
La secretaria de prensa de Biden parece comprender el papel de los cubanoamericanos.
“Nuestra política hacia Cuba se rige según dos principios”, dijo Jen Psaki en una conferencia de prensa en la Casa Blanca. “Primero, el apoyo a la democracia y a los derechos humanos, que será el núcleo de nuestros esfuerzos. En segundo lugar, los estadounidenses, especialmente los cubanoamericanos, son los mejores embajadores de la libertad en Cuba”.
Política sobre Cuba por venir
A pesar de los asuntos de mayor prioridad, no hay duda de que pronto veremos un despliegue oficial de la política hacia Cuba desde Washington, me dicen fuentes.
Ya el liderazgo y el personal con experiencia en política cubana ocupan sus puestos en el Departamento de Estado y en el Departamento de Seguridad Nacional, y Biden pronunció su primer discurso sobre política exterior declarando que “la diplomacia ha regresado a ocupar un papel central”.
Uno de los funcionarios clave es Emily Mendrala, subsecretaria adjunta de la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental que cubre Cuba y la migración regional. El otro es el cubanoamericano Alejandro Mayorkas, secretario del departamento de seguridad nacional.
Mendrala contribuyó al documento de política titulado “Estados Unidos y Cuba: una nueva política de acercamiento”, preparado por el Centro para la Democracia en las Américas y la Oficina de Washington para América Latina. Lanzado en diciembre, se anuncia como un mapa de implementación que pudiera seguir la administración Biden-Harris en su política de acercamiento con Cuba”.
Lo leí, y es Obama reempaquetado, con la salvedad de que hay, como dice, “dos obstáculos para volver al acercamiento: el misterio aún sin resolver de lo que causó las lesiones a los diplomáticos estadounidenses y a otros empleados en La Habana; y la crisis en Venezuela”.
Yo agregaría una tercera salvedad: la existencia de la línea dura cubana, los castristas que subieron a Miguel Díaz-Canel al poder y no quieren la presencia estadounidense en la isla. Temen la respuesta abrumadoramente positiva al acercamiento que el pueblo cubano ha manifestado abiertamente. Los castristas quieren dólares estadounidenses, pero no influencia estadounidense. Es por eso que sabotearon la política de acercamiento, muy probablemente con la ayuda de los rusos quienes, a la terminación de la distensión por parte de Trump, encontraron el aliado perfecto para volver a dominar Cuba.
Y también agregaría una etiqueta de “cuidado, comprador”: el documento pasa por alto a los cubanoamericanos, y confía demasiado en la posibilidad de que una política de acercamiento les devuelva a los demócratas el margen de voto cubano que Hillary Clinton disfrutó en 2016, y que Biden no logró en 2020 por el temor inculcado por el Partido Republicano a una toma socialista de Estados Unidos.
Sobre Venezuela, los autores del artículo argumentan: “Nos guste o no, un acercamiento con La Habana es una condición necesaria para llegar a un acuerdo venezolano que funcione. En las condiciones adecuadas, Cuba puede desempeñar un papel constructivo”.
Es difícil imaginar que Cuba ayude a Estados Unidos a resolver la crisis política y humanitaria de Venezuela cuando está aporreando a su propio pueblo, pero entiendo el principio del acercamiento diplomático como un camino necesario que se debe recorrer por un bien mayor.
Terminar restricciones a viajes, remesas
Todo apunta a una política de Biden similar a la de Obama que pone fin a las restricciones a los viajes y a las remesas, lo que más ha perjudicado al pueblo cubano. Pero Biden, que tiene más experiencia en política exterior que el presidente Obama, solo ha dicho que está revisando la política de Trump, cuyo “enfoque no está funcionando”.
Es cierto.
Trump no dio resultados. Su retórica y sus acciones, aunque complacieron al Miami cubano, solo afianzaron la represión y los dictadores en Cuba y Venezuela.
“Cuba no está más cerca de la libertad y la democracia hoy que hace cuatro años”, dijo Biden durante la campaña electoral en el sur de la Florida. “De hecho, hay más presos políticos y la policía secreta es tan brutal como siempre. Y Rusia, una vez más, es una presencia sustancial en La Habana”.
“Hasta aquí su política”, agregó.
Los partidarios de Trump, a su vez, argumentan que el acercamiento de Obama no condujo al respeto de los derechos humanos o a la democracia. Pero, ¿cómo podemos saberlo cuando el acercamiento solo duró poco más de dos años?
No se cambian seis décadas de castrismo arraigado en unos meses. Quién sabe cuántos años se necesitarán para que este lado salga del hechizo del culto a Trump.
Parece que fue hace toda una vida, cuando el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba y el acercamiento gozaron de un amplio apoyo bipartidista. Pero, por supuesto, Miami está ahora más amargamente dividida, gracias al ex presidente.
A decir verdad, el mal portado gobierno cubano se merecía a Donald Trump, en ambos aspectos: el libertino negociador que buscó durante décadas hacer negocios en la isla y el presidente manipulador que impuso varias sanciones para asegurar el voto cubanoamericano en la Florida.
También merecieron el mal intencionado golpe de despedida de Trump que devolvió a Cuba a la lista de patrocinadores del terrorismo, lo que dificulta la configuración de una nueva política hacia ese país para el presidente Biden.
Pero el pueblo cubano no se merecía a Trump, y ellos son los más dolidos en el bolsillo, y en el alma.
La división y la discordia entre los cubanoamericanos no debería detener una nueva política que alivie a quienes están en la isla.
Hay personas que nunca van a apoyar nada que no sea derrocar al régimen. Pero hay otros que le dieron una oportunidad a la histórica apertura de Obama, y se quedaron con ganas de que dieran frutos para el pueblo cubano.
Vieron la posibilidad de un futuro mejor.
Se atrevieron a tener esperanza y de pronto... ¡puf! …en una danza política de extremos, fue usurpada.
No, los sufridos cubanos, que se entusiasmaron con el regreso de la presencia e influencia estadounidenses a la isla durante la apertura de Obama, no merecían perderlo todo.
Una política reflexiva, estratégica y estratificada de Biden —la suya propia, con el aporte y la participación ineludible de los cubanoamericanos— es el camino a seguir.
Pero queda por ver si Cuba es recíproca y hace su parte para restablecer las relaciones.
El presidente debe proceder con cautela, pero comprometido.
En La Habana, cuando Biden fue declarado triunfador, conductores tocaron sus bocinas y la gente en las calles prorrumpió en aplausos.
Es una buena señal, pero la historia ha demostrado que Cuba casi siempre termina rompiéndonos el corazón.
Esta historia fue publicada originalmente el 8 de febrero de 2021, 1:16 p. m..