El cementerio más grande del mundo convertido en atracción turística: Mis vivencias en Auschwitz
Cerca de esta majestuosa ciudad medieval, están las ruinas de Auschwitz, el cementerio más grande del mundo, testigo de la degradación de la que es capaz la raza humana.
El nombre del campo de exterminio, para mí que tengo ancestros que probablemente fueron aniquiladados en sus cámaras de gas, siempre me provocó escalofrío, turbación, resentimiento... Tuve que sobreponerme emocionalmente para ir a conocerlo.
Quizá por mis expectativas —y las de cualquier otra persona con sensibilidad—, auguré que la experiencia me haría sentir la tragedia en una dimensión desconocida; de seguro calaría más hondo que cualquier otro museo del Holocausto o monumento de recordación que haya visitado.
En cambio, me llevé la decepción más aplastante de mi viaje a Polonia y Tierra Santa: el camposanto sin sepulturas estaba convertido en una atracción turística al estilo Disney, maquillado, trivializado, con planitos y hasta souvenirs.
Las hordas de visitantes se fotografiaban sonrientes dentro de los crematorios; otros comían papitas y bebían sodas de paso por las cámaras de gas; el murmullo devoraba el silencio anhelado, y no había vigilancia que velara para que se respetase la solemnidad del lugar.
Lo rescatable de la visita, sin embargo, es que millones de personas del mundo comprueban al visitar Auschwitz que el Holocausto nazi no es un invento descabellado, un alegato antisemita que se escucha con frecuencia justo en momentos en que la arena del reloj se está acabando para los sobrevivientes.
Entiendo que soy posiblemente más susceptible que la mayoría de los visitantes por mi historia como venezolano judío descendiente de sobrevivientes pero, ¿quién puede sentirse cómodo en el sitio donde fallecieron más de un millón de personas si la gente de al lado te da empujones para poder entrar primero?
Duele reconocerlo, el Holocausto se ha banalizado y comercializado en Polonia, y Auschwitz es la manifestación más triste de ese fenómeno.
Eso no quiere decir que no haya otros sitios que retienen el espíritu del sufrimiento fidedignamente, como Majdanek, otro infame campo de concentración en las afueras de Lublin, donde me fue fácil ponerme en el lugar de los prisioneros al visitar una barraca en la que se exhibían, literalmente, miles de zapatos que caminaron hacia la muerte mientras el mundo volteaba los ojos.
Me perturbó Auschwitz porque lo han convertido en algo artificial (algunos tours hasta combinan la visita al campo con unas minas de sal), y particularmente por el contenido de la exhibición, que ofrece una descripción general de la historia del lugar, pero omite los relatos personales de las víctimas, que es donde yace el alma del recuerdo del Holocausto que necesitamos eternizar.
El Museo Estatal de Auschwitz ha mantenido en su formato original creado por el gobierno comunista, que no daba cabida a la diversidad religiosa y prohibía terminantemente la mención del Holocausto.
Por ejemplo, hay pabellones individuales de países de donde provenían las víctimas, como Hungría, con 437,000 muertos, pero no se menciona que además de ser ciudadanos húngaros, eran judíos.
De regreso a esta excapital polaca, llegué a Kazimierz, que una vez fue el vibrante barrio judío y aún conserva alguna de las estructuras.
Me hospedé allí varios días, y cuando caminaba por las pintorescas calles, me pedían indicaciones y me hablaban en polaco. Yo que siempre me he sentido como un judío errante, de pronto me invadió un sentimiento de pertenencia.
Me percaté de que no en vano estaba pisando la tierra de mis raíces.
Esta columna fue originalmente publicada en el Nuevo Herald en el 2009 tras el viaje del autor a Polonia.