Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Trump y la política del buen vecino

El empresario y precandidato presidencial republicano da un discurso durante un acto de campaña en West Palm Beach, Florida, el sábado 5 de marzo.
El empresario y precandidato presidencial republicano da un discurso durante un acto de campaña en West Palm Beach, Florida, el sábado 5 de marzo. AFP/Getty Images

Los vecinos de antaño prodigaban auténtico afecto en sus relaciones de vecindad. El apoyo mutuo, materializado en tareas como cuidar a los niños, a las mascotas o compartir una receta de cocina, se desprendía de la proximidad física. El césped nítido, la música calmada, los pasillos pulcros, eran expresiones de armonía. Establecer relaciones con personas distintas regidas por el respeto reflejaba buenos modales.

¡Oh, tiempos, oh, costumbres! ¿Dónde se perdió el ayer?

En el Miami actual con suerte conocemos el nombre de las personas que habitan la misma cuadra, conjunto residencial o edificio. Mientras más invisible, mejor es el vecino. La aspiración es no incomodar. Por eso fijamos límites y poco nos interesamos en los demás. La sonrisa postiza de oreja a oreja y el fingido buen humor son la lengua franca de una ciudad aprisionada por la novedad y el cambio. No se precisa ser afable para cumplir las obligaciones vinculantes.


Existe, empero, otra estirpe de vecinos menos nobles. Ejercitan la audición a máximo volumen. Contaminan áreas comunes con el humo de cigarrillo. Dejan regadas las heces de sus perros tras pasearlos. Discuten y pelean incesantemente. Invitan gente “cuestionable”. Obstruyen vehículos en el estacionamiento. Y si exceden de dinero y poder –y carecen de virtudes– demandan judicialmente a quienes se interponen en sus caminos.

Donald Trump pertenece a este último clan. Jamás lo verán llevando una taza de azúcar a la mansión aledaña, ni ofreciéndose para regar las plantas cuando sus conurbanos salen de vacaciones. Tampoco tocará el timbre para presentarse si se muda a un lugar; su llegada más bien traerá rencillas, frialdad y separación, lo contrario al proceder de un vecino recto e idóneo.


Su escaramuza vecinal en Doral a raíz de una verja de enormes palmas plantadas en los perímetros de sus campos de golf, que ha bloqueado la vista de muchos propietarios, es como incontables otras en Miami ajenas a él, donde la balanza suele inclinarse a favor de los intereses comerciales en detrimento de la calidad de vida de los ciudadanos. Lo singular es que el vecino desconsiderado es uno de los favoritos para habitar la Casa Blanca.

Para muestra de lo que pudiese ser su presidencia un botón: Trump National Doral. El idolatrado y detestado magnate –quien llama segundo hogar a la Florida– adquirió y remozó, con una multimillonaria inversión, este suntuoso complejo hotelero. La meta era crear un oasis de exuberante verdor y serenidad que a los jugadores proporcionara la sensación de recogimiento. Pero en derredor de la arbolada selvática, a miles de residentes les esperaba un amanecer umbroso sin la sublimidad estética del paisaje que años antes los inspiró a gastar dispendiosas sumas para allí radicarse.


Abandonados por las autoridades municipales que lisonjearon a Trump con la Llave de la Ciudad (y luego, cabizbajas, la retiraron), algunos vecinos perdieron la compostura y se ocuparon del conflicto a la vieja usanza. Ahora, la compañía del empresario demanda a ocho de ellos por presuntos daños a los árboles. Él es un hombre áspero de fieras amenazas. El resort fue multado más de cien veces por el ruido ensordecedor de los equipos de mantenimiento. En lugar de bajar los decibeles, inició una acción judicial, luego descartada, contra la Ciudad por su ordenanza de protección contra contaminación acústica. Entretanto, entabló otra demanda contra el Condado Palm Beach por desviar “adrede” el tráfico aéreo sobre su hacienda Mar-a-Lago. Allá no gusta de los sonidos desagradables; aquí sí.

Fue Franklin D. Roosevelt quien auspició en los años 30 la “política del buen vecino” en América, la cual se traduciría en negociaciones diplomáticas, desarrollo económico y tratados bilaterales. El intercambio y las relaciones humanas, a cualquier nivel, atraen prosperidad material y espiritual.

Bien haría a vecinos como Trump comprender que en la cercanía; en el cuidado mutuo; en el esmero por tornar nuestros entornos en rincones de concordia, yace la solución a los dilemas inherentes a la coexistencia. Un blando toc, toc, toc a la puerta del otro. Así de simple.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista de Miami.

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