Las mujeres tienen la última palabra en esta ciudad de Colombia
El barrio, uno como otro cualquiera en las afueras de la ciudad portuaria de Cartagena, no parece nada del otro mundo para los que no lo conocen: filas de casitas ordenadas y coloridas con techos de hojalata, unidas por jardines.
Y sin embargo, este barrio de 100 viviendas conocido como la Ciudad de las Mujeres, es una rareza y un modelo en un país que está tratando de recuperarse tras décadas de conflicto armado.
El barrio fue fundado y construido enteramente por mujeres que huían de la violencia en Colombia. Y, aunque allí también viven hombres, las mujeres son quienes tienen los títulos de propiedad, tienen la última palabra, y mantienen la prosperidad del barrio.
“Tenemos problemas, pero hemos hecho que esto funcione”, dijo Eidanis Lamadrid, de 43 años, una de las fundadoras de la comunidad, mientras guiaba a un grupo de niños que ensayaban una obra de teatro. “Nosotras tenemos la experiencia y la capacidad para hacer de esto un modelo para otras víctimas femeninas en el país. Pero necesitamos apoyo”.
A medida que la nación andina se encamina a tropezones a un acuerdo de paz con los dos grupos guerrilleros principales, el destino del vasto número de personas desplazadas en el país se hace cada vez más preocupante.
Más personas han tenido que huir de sus viviendas debido a la violencia en Colombia que en ningún otro lugar del mundo, de acuerdo con la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU. De acuerdo con el cálculo de ellos para el 2016, 6.4 millones de personas se han visto sacadas de sus hogares a la fuerza debido a la violencia. Es una cifra más alta que las de Siria (6.1 millones) y Sudán (3.4 millones).
Muchos de los desplazados de Colombia se mudaron durante la época más intensa del conflicto en las décadas de 1990 y 2000. Pero encontrar soluciones a largo plazo para ellos es una de las claves para el futuro del país, dijo Jozef Merkx, representante de Colombia en la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.
Al principio, a algunos hombres no les gustaba vivir en un lugar que se llamaba la Ciudad de las Mujeres. Pero luego se dieron cuenta de que nosotras éramos las que estábamos brindándoles hogares
Eidanis Lamadrid
una de las fundadoras de la comunidad“La construcción de una paz duradera en Colombia dependerá de la reintegración de más de 7 millones de personas desplazadas por la violencia”, dijo Merkx en un comunicado.
Y pocos proyectos han tenido tanto éxito en la reintegración de las víctimas como la Ciudad de las Mujeres.
La experiencia de Lamadrid es tristemente común entre los residentes del barrio. Ella huyó de su aldea de El Salado en 1998 cuando esta se vio atrapada en un conflicto territorial entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y la organización paramilitar de derecha AUC. La violencia alcanzó un punto culminante en el 2000, cuando la AUC mató a entre 30 y 60 residentes, incluyendo al esposo de Lamadrid.
“Perdimos a todo el pueblo”, dijo. “Muchas personas murieron porque no se fueron a tiempo”.
Lo mismo que otros muchos que huían de la violencia en el norte de Colombia, Lamadrid acabó en el peligroso barrio bajo de El Pozón. Ese vecindario está en las afueras de Cartagena –la joya de la corona de la industria turística de Colombia, y sede de algunos de sus hoteles más lujosos– pero es un mundo completamente distinto.
Construido en un terreno fangoso sin agua ni electricidad, y con un sistema de alcantarillado al aire libre, El Pozón es donde van a parar aquellos que no tienen otro lugar adónde ir. Es una especie de colmena de chozas improvisadas que son arrastradas periódicamente por las lluvias y representan un foco de enfermedades. El momento seminal para el grupo tuvo lugar en 1998, cuando una de las mujeres desplazadas, Olivia Palacios, murió en la miseria y lejos de su familia.
“No teníamos suficiente dinero para pagarle el entierro, y fue ahí que nos dimos cuenta de la situación en la que estábamos”, dijo Lamadrid.
De una muerte nació la comunidad
La muerte de Palacios ayudó a forjar una comunidad más o menos en el mismo momento en que Patricia Guerrero, abogada y activista colombiana por los derechos humanos que había estado viviendo en Estados Unidos, se involucró en el grupo.
Guerrero dijo que El Pozón era un resumen de los problemas del país. Había una pobreza abrumadora, violencia sexual, escasez de artículos y servicios de primera necesidad, y una enorme criminalidad. Pero el problema más agudo era la escasez de vivienda. En 1999, ella ayudó a las mujeres a establecer la Liga de Mujeres Desplazadas, y en el 2003 ellas empezaron a construir la Ciudad de las Mujeres con financiamiento de la Agencia de EEUU para el Desarrollo Internacional, el gobierno colombiano y otras instituciones.
“El éxito de este proyecto ha sido que cambió la manera en que las mujeres se percibían a sí mismas”, dijo Guerrero. “No era cosa de que las personas les tuvieran lástima, sino que eran ellas mismas luchando por sus derechos”.
Hay un gran sentido de orgullo por su comunidad en el barrio. Las mujeres aprendieron a cavar los cimientos, a apear y a verter cemento.
Mientras mostraba el barrio, Luz Nely Orozco, de 49 años, recordó cuando trabajaba en la fábrica de ladrillos del pueblo.
“Las paredes de cada una de esas casas se hicieron con mi trabajo”, dijo.
Aunque el proyecto ganó el reconocimiento de grupos de derechos humanos y desarrollo, el mismo provocó la ira de grupos armados en el área que vieron –y todavía ven– a las mujeres como una amenaza.
“Esta es un área en la que ellos han perdido control”, explicó Guerrero. “Y siempre están tratando de restablecer su control”.
Durante la construcción, ellos lanzaron cadáveres cerca del sitio, circularon panfletos con amenazas de muerte, el centro comunitario fue incendiado y uno de los esposos fue asesinado mientras custodiaba la fábrica de ladrillos.
“La Ciudad de las Mujeres siempre ha estado sitiada”, dijo Lamadrid. Pero ese sitio está teniendo lugar con un telón de fondo de impunidad nacional. De los 144 casos que hemos reportado a las autoridades sobre desplazamiento forzado y violencia sexual, ninguno ha sido resuelto, afirmó.
Y a esto se suman conflictos más sutiles, como un chovinismo fuertemente enraizado.
“Al principio, a algunos hombres no les gustaba vivir en un lugar que se llamaba la Ciudad de las Mujeres”, dijo Lamadrid. “Pero luego se dieron cuenta de que nosotras éramos las que estábamos brindándoles hogares”.
Las mujeres consideran que su futuro depende de los dos acuerdos de paz del país, en particular el acuerdo con los guerrilleros de las FARC. Durante cuatro años de negociaciones con las FARC, representantes de la Liga de Mujeres Desplazadas trabajaron para incluir asuntos de género en el acuerdo final.
Pero los votantes colombianos votaron en contra del acuerdo por una estrecha mayoría el 2 de octubre, en un plebiscito nacional que sacudió a la nación y a esta comunidad. Los negociadores están tratando de salvar el acuerdo, y el presidente Juan Manuel Santos ha dicho que una nueva versión del mismo podría estar lista para la Navidad.
“Eso fue terrible para nosotros”, dijo Guerrero, “porque hemos invertido mucho tiempo en este acuerdo”.
Y, aunque a menudo se celebra a la Ciudad de las Mujeres como un éxito, Guerrero opina que todavía hay demasiadas cosas que hacer para dormirse en los laureles. Hay 69 mujeres en la lista de espera por viviendas, y la comunidad pasa trabajo constantemente para mantenerse a flote, dijo.
“Seguimos enfrentando problemas sociales y ciclos de violencia”, dijo. “Y eso no se detiene simplemente porque hayamos construido algunas casas”.
Esta historia fue publicada originalmente el 6 de noviembre de 2016, 3:00 p. m. with the headline "Las mujeres tienen la última palabra en esta ciudad de Colombia."