Cientos de escuelas cerraron después del huracán María, dejando fuera a niños con necesidades especiales
Cientos de escuelas cerraron después del huracán María, dejando fuera a niños con necesidades especiales
AÑASCO, Puerto Rico (In English)
Era el segundo día del nuevo curso escolar en Puerto Rico, pero Angel Torres, de 7 años, no estaba en el aula. Estaba en una sesión de terapia física, batallando una vez más por pararse solo, cuando la terapista le preguntó casualmente a su mamá cómo le iba en la escuela.
“Grave. Fatal”, dijo Brenda López, saliéndosele la frustración. “El salón no está apto para él”.
Un año después que el huracán María lo cambio casi todo en la isla, cientos de padres como López se quedaron luchando por encontrar aulas, maestros y terapistas para sus hijos con autismo, síndrome de Down y parálisis cerebral. Lo que había sido una tarea abrumadora antes de la tormenta —encontrar un lugar donde sus hijos con necesidades especiales pudieran desarrollarse— se había convertido en algo mucho más difícil después, cuando el gobierno cerró más de 250 escuelas y el Departamento de Educación se apresuró a reubicar alumnos y personal. El Departamento de Educación dijo a finales de agosto que todavía tenia que llenar 132 vacantes de maestros de educación especial. Y eso significaba que algunos niños como Angel, quien tiene parálisis cerebral y no puede caminar por sí mismo ni hablar, están en el limbo.
El día anterior, López había llevado a Angel a la escuela, donde lo que encontró fue un lugar pequeño donde el aire acondicionado apenas funcionaba, el baño era demasiado chico para que la silla de ruedas de Angel pudiera entrar y no había mesa para cambiar pañales.
Tampoco había maestro. A los seis alumnos los mandaron a casa a las 11 a.m. del primer día de clases, hasta que la escuela primaria Carmen Casasús Martí, encontrara un maestro de educación especial.
Lo que más frustraba a López era que el año pasado su hijo había asistido a una escuela excelente, con un aula grande y bien equipada, y una maestra comprometida, tanto que había conducido por carreteras llenas de escombros para ver cómo estaban sus alumnos después del huracán. Angel había avanzado mucho en la primaria Parcelas María. Mirando al niño hacer con calma ejercicios de estiramiento con su terapista, era difícil imaginar que hace tres años, cuando lo habían inscrito en la escuela, cualquier ruido —música, autos pasando, incluso los sonidos de los niños jugando— era suficiente para que se pusiera a gritar y llorar.
Pero el gobierno había cerrado la escuela en una ola de clausuras provocada por una combinación de deuda y el éxodo de niños en edad escolar. Ahora, López sabía que tendría que luchar por encontrarle una nueva maestra a Angel para asegurar que recibiera la asistencia que necesitaba en la escuela. Y no sabía cuánto iba a demorar en eso.
La terapista, Ana Lebrón, colocó los pies de Angel firmemente en el piso frente a una pared de escalamiento en la clínica sin fines de lucro Centro Ayani. Entonces le movió las manos lentamente de una agarradera de color brillante a otra. Con las piernas temblorosas, y la ayuda de la terapista, Angel dio un paso hacia la derecha.
Angel había demorado años en dar ese paso, apoyado contra una pared, y su madre estaba decidida que no iba a perder ese avance. Después del huracán, sin siquiera un techo y con las carreteras intransitables, López había ayudado a Angel a mantenerse de pie, imitando lo que había visto hacer a la terapista.
Pero el huracán los hizo perder tiempo que no tenían para el desarrollo del niño. Y López no es la única.
Lebrón dijo que casi todos sus pacientes habían tenido problemas relacionados con el cierre de las escuelas, dificultades para encontrar maestros o terapia, cambios en la escuela o el aula, lo que alteraba el delicado equilibrio que muchos niños con necesidades especiales requieren para avanzar.
“Aquí están todos los padres desesperados”, dijo.
Retroceso total
Diez millas al sur, Marylee Colón, compañera de aula de Angel, estaba agachada junto a su perro Nolo, rascándole la cabeza. La normalmente eufórica niña de 10 años estaba silenciosa hoy, se le veía tristeza en los ojos.
Tres días antes, Marylee estaba saltando de un lado a otro y haciendo círculos al ritmo de su canción favorita de Taylor Swift, Shake It Off. Ahora estaba abatida en un terreno afuera de la casa de su familia. Su hermana mayor se había ido a la escuela ese mañana, pero Marylee se había quedado en casa por segundo día consecutivo. Y aunque Marylee tiene síndrome de Down y todavía está aprendiendo a hablar, quedaba claro que algo no andaba bien.
“Ella llegó a la escuela, estaba emocionada, pero cuando ve que voy a llevarla porque no tiene clase, ella se molesta, se pone triste”, dijo Yasenia Santiago, la madre de Marylee.
No había maestro de necesidades especiales para el aula de Marylee, así que su mamá se la había llevado a casa.
“Yo no llevo a mi niña a la escuela para que la cuiden, yo la llevo para que le den clases”.
Santiago presentó una queja con los padres de otros niños del aula de Marylee. La oficina regional de educación prometió encontrar un maestro de educación especial, pero Santiago se mostraba escéptica de que resolvieran pronto el problema. Ella sabía por experiencia que podía llevar horas de llamadas telefónicas y visitas repetidas a oficinas del gobierno para que su hija recibiera la asistencia que necesitaba. “Lo que pasa es, son tantas cosas que han prometido, que siempre es lo mismo”, dijo. “Frustración. No me sorprende”.
Aunque Marylee tiene la capacidad mental de un niño de 6 años, según su mamá, había avanzado en la escuela anterior, la primaria Parcelas María. Había aprendido a ir al baño sola y comenzado a hablar un poco más claro. La maestra, que llevaba cinco años con Marylee, entendía el hablar enredado de la niña y sabía cuando estaba molesta o necesitaba que la ayudaran.
“Ahora va a ser todo cuesta arriba, porque ahora no son dos meses” de vacaciones de verano sin clases, dijo Santiago. “Son varios meses en que la nena tiene que adaptarse a la maestra, al programa que le dé la maestra. Es un atraso total”.
El cierre de escuelas en Puerto Rico no debía afectar los servicios para niños con necesidades especiales. Los cierres debían ayudar al Departamento de Educación consolidar recintos escolares para que los limitados recursos alcanzaran mejor. Ante una deuda de aproximadamente $70,000 millones, la isla tuvo que reducir el presupuesto de educación en $300 millones. Y el huracán María había vaciado escuelas donde ya había muchos alumnos menos debido a la migración de familias que huían de la crisis económica. Después de la tormenta, casi la mitad de las 1,110 escuelas de Puerto Rico estaban a menos de 60 por ciento de capacidad.
“Tenemos muchos edificios grandes y muchos grupos pequeños de estudiantes en cada uno de esos edificios grandes”, dijo Julia Keleher, la secretaria de Educación de Puerto Rico, hablando en su oficina en San Juan a principios de agosto. “Al consolidar las escuelas y ubicar más alumnos en el mismo lugar podemos hacer inversiones, ya sea de materiales o tecnología, o recursos humanos, que permitirán ofrecer mayores beneficios a un menor costo a la mayor cantidad posible de alumnos”, agregó.
Pero para alumnos como Marylee y Angel, cualquier cambio es duro y puede demorar su desarrollo meses, quizás años.
En Puerto Rico hay más de 100,000 alumnos con necesidades especiales, más de un tercio de todos los estudiantes.
Conseguir educación y terapia para un niño con necesidades especiales era ya un reto tal que un tribunal impuso una multa diaria de $5,000 al Departamento de Educación por no cumplir sus obligaciones oficiales a esta población vulnerable. La demanda que provocó la multa se había presentado hace 40 años, pero el Departamento no había cumplido sus obligaciones legales. Y aunque los servicios de educación especial habían mejorado con los años, “el Departamento tiene muchos retos”, dijo José Torres Valentín, uno de los abogados involucrados en la demanda.La semana antes del comienzo de las clases el 13 de agosto, Keleher declaró al Miami Herald que los servicios de educación especial siguen al niño a cualquier escuela que asista.
Pero una vez que comenzó el semestre, quedó claro que los servicios no estaban siguiendo a cientos de niños con necesidades especiales.
Jinnette Morales, activista de educación especial y madre de una niña de 13 años con el síndrome de Down, dijo que estaba recibiendo unas 20 llamadas y mensajes diarios de padres en la isla que enfrentaban problemas parecidos a los de la escuela de Marylee.
“La población que más ha sufrido los cierres de escuela han sido los niños de educación especial”, dijo Morales. “Es un abuso lo que se está viviendo hoy en Puerto Rico”
A medida que llegaban más quejas, Morales creó una página de Facebook —“Historias de Horror en Educación Especial”— donde publicaba las quejas de los padres que batallaban por conseguir servicios para sus hijos. Dos semanas después de comenzar el semestre, la página estaba llena de historias de padres cuyos hijos no habían podido ir a la escuela porque todavía no tenían maestros, asistentes o un salón de clases adecuado. También había padres cuyos hijos no habían recibido terapia porque la escuela de su vecindario había cerrado, y padres cuyos hijos tenían discapacidades del aprendizaje y estaban en aulas con exceso de alumnos donde no atendían sus necesidades.
“Siempre han habido problemas”, dijo Morales, “pero ahora los cierres han duplicado los problemas”.
El distrito escolar no respondió a preguntas sobre las preocupaciones específicas planteadas por los padres. En un comunicado de prensa, el Departamento de Educación dijo que había lanzado un esfuerzo especial para contratar más maestros de educación especial y llenar otras plazas para las que históricamente ha sido difícil encontrar candidatos calificados.
Durante una entrevista a principios de agosto, Keleher reconoció que el presupuesto de Educación no es suficiente para cubrir las necesidades de educación especial en la isla. El año pasado, dijo, hubo un déficit de $80 millones para los servicios de educación especial. Pero agregó: “No podemos apresurarnos a llegar a conclusiones de porque no teníamos los $80 millones hay alguna necesidad no satisfecha que va a seguir eso”.
Algunas familias han podido conseguir asistencia para sus hijos con necesidades especiales.
En el poblado de Gurabo, a 30 minutos de camino al sur de San Juan, Eunice González temía el primer día de clases. Su nieta de 7 años, Anabelle, tiene autismo y necesita una maestra asistente para mantenerse al día en un aula tradicional. Tres días antes del comienzo del nuevo curso, González no sabía si el sistema escolar iba a poder conseguir la maestra asistente. Anabelle estaba entusiasmada con el inicio del curso, pero a González le preocupaba que tuviera que decirle a Anabelle el primer día que tenía que quedarse en casa mientras sus hermanas se iban a la escuela.
Finalmente, el viernes antes del comienzo del curso, a González le confirmaron que a Anabelle le iban a poner una asistente. Se sintió aliviada. González había huido a Miami con sus nietas después del huracán, en lo fundamental porque le preocupaba que si las escuelas permanecían cerradas después de la tormenta, Anabelle iba a perder el avance que tanto trabajo le había costado.
Regresar a Puerto Rico fue una decisión difícil, pero González se sintió consolada cuando se enteró que la escuela a la que las niñas habían ido antes de María, la primaria Margarita Rivera de Janer, seguiría funcionando. Así las cosas, Anabelle recibiría la asistencia que necesitaba para reajustarse a la vida en Puerto Rico.
“Somos una familia bendecida y hemos tenido suerte”, dijo González.
Lo que haga falta
Dos semanas después de comenzar el semestre, Angel y Marylee no habían podido regresar a clases. Todavía no tenían maestro y sus padres estaban cada vez más frustrados.
“Todavía no tienen maestra los niños de educación especial para poder empezar en la escuela como un día normal”, dijo López. “Le quitaron la maestra que ellos siempre tuvieron buena”.
López y Santiago ya habían superado grandes obstáculos para ayudar a avanzar a sus hijos. López es una madre soltera con tres hijos que no ha podido conseguir empleo porque tiene que llevar constantemente a Angel a la terapia física y a citas médicas. Tampoco puede darse el lujo de tener un auto, así que depende de amigos y familiares para que lleven a cualquier parte.
López vive en una casa de bloques pequeña y sin pintar en una zona rural en las afueras de Añasco. A veces los murciélagos se meten dentro de las paredes y el ruido que hacen aterroriza a Angel por la noche. López no tiene con qué comprarle a Angel una silla de ruedas nueva, así que tiene que seguir usando la que tiene, que ya le queda chica. López tampoco puede comprar una silla especial para colocarla en la ducha y bañar a Angel con más comodidad. Así que a la hora de bañarlo, López lo sostiene con un brazo y lo baña con el otro.
El huracán empeoró las cosas, pero López estaba decidida a evitar que Angel retrocediera.
Los vientos destrozaron el piso superior de la casa de su padre, donde López y sus hijos se refugiaron, y la mujer durmió durante semanas en un reclinable al aire libre con Angel en las piernas. Ella trató de imitar lo que había visto hacer a la terapista, como masajearle las piernas y ayudarlo cuidadosamente a pararse. Tan pronto como la clínica volvió a abrir, a finales de octubre, López pidió un auto prestado para llevar a Angel a la terapia. Tuvo que sortear cables de electricidad y ramas caídas en la carretera.
“Da miedo, pero yo digo que fue por un hijo. Uno hace lo que sea, ¿verdad?”, recordó López. “Porque las terapias es algo que Angel necesita para fortalecer sus piernas, su espalda, y de eso depende que él algún día, yo tengo la esperanza de verlo caminar”.
Mientras tanto, Marylee y su familia vivían su propia versión de la pesadilla que dejó el huracán. Su casa estaba en una zona de inundación cerca del río Añasco, así que se quedaron con un familiar en otro poblado durante la tormenta.
Cuando regresaron a su casa, todo el interior estaba cubierto de una gruesa capa de lodo. El río, cuyo cauce había subido seis pies durante la tormenta, había arrastrado las pertenencias de la familia a una carretera cercana y casi todos los muebles estaban arruinados.
La familia tenía un generador, pero se dañó con la inundación y funcionaba intermitentemente. Aunque el esposo de Santiago, el mecánico Roberto Colón, hizo lo posible por arreglarlo, el generador fallaba frecuentemente por las noches y dejaba la casa a oscuras, lo que aterrorizaba a Marylee. La niña empezaba a gritar y a tratar de huir de la casa, convencida de que afuera había luz. Santiago agarraba a Marylee y la abrazaba con fuerza, y sentía el corazón de la niña latiendo aceleradamente. “Mamá está aquí, mamá está aquí”, le decía una y otra vez.
Cuando la escuela de Marylee, que había sufrido pocos daños, reabrió a finales de octubre, fue un gran alivio para la familia. “Ya los niños no tenían que estar en la atención de estar en la casa viviendo todos estos desastres, por lo menos tenían una parte de su día un poco más tranquilo, más relajado y olvidándose”, dijo Santiago.
Pero por la noche Marylee todavía se aterrorizaba. Desesperada, la familia pidió $4,500 prestados a un amigo para comprar paneles solares. Después que el servicio eléctrico finalmente se restableció en el vecindario en enero, la familia recibió una factura eléctrica de $1,464 por los meses que habían pasado en la oscuridad.
En lo que a los padres de Marylee les pareció otra medida arbitraria del gobierno, la escuela de la niña fue incluida en la lista de planteles que iban a cerrar que se publicó en la primavera. La familia no entendía la razón. La escuela estaba en buen estado y la cantidad de alumnos había bajado ligeramente después de la tormenta. Todavía tenía 250 alumnos.
Santiago nunca recibió una carta del Departamento de Educación sobre el cierre o cómo afectaría los servicios que Marylee recibía en la escuela. Se enteró del cierre por otra persona.
“Yo creo que cuando hicieron el cierre de la escuela lo que hicieron fue generalizar”, dijo Santiago. “No pensaron en los niños de educación especial. Pensaron en cerrar una escuela y cambiar estudiantes para otra”.
Y eso significaba que ahora quedaba en manos de los padres asegurar que sus hijos recibieran la asistencia que necesitaban. Después de presentar quejas formales ante el distrito escolar, los padres de la escuela de Marylee finalmente consiguieron que se asignara un maestro y asistentes de educación espcial. Para para cuando el personal estaba listo y todos los alumnos pudieron regresar a las clases normales ya habían pasado cuatro semanas.
Después de regresar a la casa de la terapia con Angel el segundo día de clases, López ya estaba pensando en el largo camino que tiene por delante. Angel, dijo, fue lo mejor que ha pasado en su vida.
“Él es un niño que lo que hace es repartir amor”, dijo López. “Él es mi vida. Y si tengo que seguir luchando por él, por lo que sea, voy hasta donde sea para tratar de que él tenga sus cosas y tratar de que él pueda seguir adelante”.
Esta historia fue publicada originalmente el 20 de septiembre de 2018, 7:00 a. m..










