Muchos dejaron solos a los ancianos después de María, viven desesperados y sin luz

<address> <span class="ng_byline_name">Por Jim Wyss</span> <span class="ng_byline_email"> <a href="mailto:jwyss@miamiherald.com">jwyss@miamiherald.com</a> </span> </address>

UTUADO, Puerto Rico (In English)

Casi un año después que María arrasó esta parte del centro de Puerto Rico, Héctor Cruz dice que la amenaza no ha cesado para los más vulnerables de la isla: los ancianos.

Cruz, director de la oficina de manejo de emergencias en Utuado, conducía un fin de semana reciente su camioneta por caminos de tierra llenos de huecos y puentes temporales cuando recibió la llamada ansiosa de un líder comunitario.

Al hombre le preocupaba que las lluvias recientes aislaran de nuevo la localidad.

“Hay un grupo de personas mayores que viven solos y tienen problemas de salud”, dijo Cruz. “Y si necesitan una ambulancia va a ser difícil conseguirla”.

La fuerza del huracán María afectó particularmente al poblado de Utuado, en la zona montañosa central, a unas 55 millas al suroeste de San Juan, la capital. El huracán destruyó o dañó 20 puentes, destrozó carreteras y viviendas en las montañas, y cortó el servicio eléctrico a la región durante nueve meses. Una comunidad llegó a ser conocida como Los Olvidados, después de que un puente se derrumbó y los dejó aislados por varios meses.

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El mar arrasó con la casa de Rafael Rosario Quintero, de 70 años, quien vive en la costa de La Boca, en Barceloneta, Puerto Rico. En esta imagen, Quintero observa los escombos que quedan en lo que era su habitación. Al Diaz adiaz@miamiherald.com

Y aunque de muchas maneras la vida ha vuelto a la normalidad en esta isla de 3.3 millones de habitantes, sus personas mayores —particularmente en esas zonas rurales— todavía enfrentan problemas.

Puerto Rico tiene un mayor porcentaje de personas de 65 años y mayores que cualquier estado del territorio continental estadounidense, así que no sorprende que esas personas hayan representado una cifra desproporcionada de las 2,975 muertes atribuidas a María, según un informe reciente del Instituto Milken de Salud Pública. Los hombres mayores de 65 años, en particular, todavía sufrían índices elevados de muerte cuatro meses después del paso de la tormenta, en momentos que los servicios médicos de la isla regresaban trabajosamente a la normalidad.

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Durante el paso del huracán María por Puerto Rico, el mar arrasó con la vivienda de Rafael Rosario Quintero, de 70 años y pescador que vive en la costa de La Boca en Barceloneta. En esta imagen se ve a Quintero junto a su perro, llamado Capitán, y lo que queda de la casa detrás. Al Diaz adiaz@miamiherald.com

El abuelo de Cruz, de 93 años, fue una víctima indirecta de María. Estuvo viviendo sin electricidad durante ocho meses después del paso de la tormenta y se cortó en la oscuridad mientras se dirigía al baño. Pero como era diabético, la herida se convirtió en una lesión y los médicos ordenaron una amputación. El abuelo no pudo soportar el estrés, dijo Cruz, y sufrió un infarto cardíaco fatal cuando lo iban a operar.

“No podemos decir que estuvo directamente relacionado [con María] porque no sucedió en ese momento”, dijo Cruz, semanas después de enterrar al abuelo. “Pero sabemos que su desesperación, ansiedad y la dificultad de vivir sin luz llevó a todo esto”.

Incluso antes de que María tocara tierra, la población de la isla envejecía con rapidez. Según el Instituto de Estadísticas de Puerto Rico, en el 2010 aproximadamente 15 por ciento de la población tenía 65 años o más. Para el 2017 esa cifra había aumentado a un 20 por ciento.

Un hombre en el pequeño pueblo costero de La Boca, Puerto Rico, relata las dificultades de tratar de reconstruir su casa después de que la marea de tormenta del huracán María devastara la comunidad.

Y la tendencia se ha disparado después del paso del huracán. Aunque no hay cifras oficiales definitivas sobre el éxodo después de María, el estudio del Instituto Milken calcula que casi 300,000 personas se han marchado desde la tormenta, en su mayoría adultos jóvenes en edad laboral.

Una de las consecuencias de este cambio demográfico es que, desde el 2016, en Puerto Rico ha habido más fallecimientos que nacimientos, dijo el secretario de Salud, Rafael Rodríguez.

“Los jóvenes, los profesionales, los que están en edad de tener hijos, se están marchando de la isla o deciden no tener hijos”, dijo. “Lo que tenemos es una población de más edad, y desde la perspectiva económica y de servicios médicos, eso crea grandes retos para el gobierno de Puerto Rico”.

Los ancianos de Puerto Rico también viven en zonas de difícil acceso. Según la AARP, una organización sin fines de lucro que defiende los intereses de las personas mayores de 50 años, aproximadamente solo un 2 por ciento de las personas de la tercera edad en Puerto Rico vive en asilos o residencias para personas mayores. La gran mayoría vive en casa y depende de amigos y familiares para mantenerse saludable.

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Pero esa red de protección se ha estado resquebrajando en medio de la prolongada crisis económica.

Wendy Matos, directora ejecutiva del Plan de Práctica Médica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Puerto Rico, dijo que el acceso a los servicios médicos siempre ha sido un problema en la isla. Y el huracán María vino a complicar la situación al afectar significativamente el transporte público y las redes viales.

“Por otra parte, muchas personas emigraron y dejaron a sus ancianos atrás”, dijo. “No tenían a nadie que les fuera a comprar sus cosas y sufrieron”.

María Méndez Rodríguez estaba a 1,175 millas de distancia de su familiar más cercano cuando María tocó en Utuado. Las comunicaciones eran tan malas que Rodríguez, una mujer de 70 años con hipertensión, asma y artritis, demoró 40 días en comunicarse con sus hijos adultos en Estados Unidos para decirles que estaba viva.

“Me dijeron que durante todo ese tiempo no pararon de llorar…Y yo extrañaba mucho a mi familia, porque no hay como la familia”, recuerda Méndez, de pie afuera de su apartamento de una habitación. “Pero en nombre de Cristo, mis vecinos se portaron como mi familia”.

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María Méndez Rodríguez, de 70 años, quien vive en Utuado, Puerto Rico, habla sobre cómo su comunidad todavía no se ha recuperado de los daños causados por el huracán María hace un año. MATIAS J. OCNER mocner@miamiherald.com

Méndez dijo que sobrevivió a la tormenta gracias a la bondad de otros en su complejo de apartamentos, quienes la ayudaron a comprar alimentos, hacerle mandados y estar al tanto de ella.

El sector privado ha identificado una oportunidad de negocios en estas personas mayores aisladas. Poco antes de María, MMM Healthcare abrió una cadena de Clínicas Vita Care que prestan servicio a las personas mayores, ofreciéndoles transporte gratis y ayudándolas a controlar enfermedades crónicas como la hipertensión y la diabetes.

Después de la tormenta, esos servicios se convirtieron en algo más importante todavía y la empresa amplió la oferta y el horario.

“Cuando empezaron las clínicas, pensamos que serían para atender enfermedades crónicas de la población en lugares donde nuestros médicos se estaban marchando [de la isla] y la población es mayor y está sola”, dijo Nury Toledo-Núñez, jefa de Operaciones de nueve Clínicas Vita Care en la isla. Pero pronto se hizo evidente que muchos de los pacientes no tenían una red de apoyo social que les permitiera acceso a los servicios.

Un año después que el huracán María destrozara Puerto Rico, la cifra oficial de muertos asciende a 2,975, lo que convierte a María en uno de los peores desastres naturales en la historia de Estados Unidos. Narración de Rita Moreno.

Los diabéticos no podían controlarse el nivel de glucosa en la sangre no porque no podían pagar el tratamiento, sino porque estaban solos y deprimidos, dijo.

“Así que comenzamos a traer psicólogos, trabajadores sociales, nutricionistas y educadores de salud”, explicó. “Fue mucho más complejo que decirles: ‘Usted tiene diabetes y necesita este y otro medicamento’”.

En Utuado, Méndez dice que sus hijos —uno vive en Michigan y el otro en Orlando— tratan de convencerla de que se mude a territorio continental, pero ella se niega a abandonar su casa, donde vive hace muchos años. Y no cree que ellos deban regresar a Utuado, donde dice que los empleos pagan poco y no hay muchos.

“Yo quiero que mis hijos tengan una mejor vida que yo”, dijo. “Aquí ni siquiera tendrían para comer”.