Esta escuela de 100 años sobrevivió a María, pero no a las secuelas del huracán

<address> <span class="ng_byline_name">Por Kyra Gurney</span> <span class="ng_byline_email"> <a href="mailto:kgurney@miamiherald.com">kgurney@miamiherald.com</a> </span> </address>

YABUCOA, Puerto Rico (In English)

Felipe Velázquez y su hija de 11 años, Genesis, estaban parados uno al lado de otro mientras observaban a los hombres desmantelar la escuela, silla por silla, escritorio por escritorio, echando 100 años de historia de este municipio boricua en un camión.

Los hombres no parecían notar los uniformes escolares, los pulóveres sucios y los pequeños delantales, colocados sobre la cerca, moviéndose al aire, con letreros pintados con marcador negro: “Amo mi escuelita. No la cierren por favor”.

Pero era demasiado tarde. Las vigilias con velas, las protestas, las oraciones, el viaje al Departamento de Educación en San Juan, nada de eso fue suficiente para salvar el Centro K-8 Marcos Sánchez. Cuando faltaban tres días para comenzar el nuevo curso escolar, familias que viven en las montañas encima del municipio de Yabucoa se preparaban para enviar a sus hijos a otras escuelas a varias millas de distancia. El huracán María dejaba otra víctima entre el pueblo puertorriqueño.

Durante casi un siglo, la escuela Marcos Sánchez fue el corazón de esta comunidad rural en el extremo sureste de Puerto Rico. Un año después del huracán María, los vecinos luchan por salvar la escuela, pero quizás es una batalla perdida.

La tormenta de categoría 4 tocó tierra en el extremo sureste de la isla hace un año, con vientos máximos de 135 millas por hora, que arrancaron techos, volcaron vehículos y arrasaron campos de cultivo. Después, los vecinos pasaron varios meses sin electricidad, apenas con una lona azul sobre la cabeza para protegerse de la lluvia.

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Vista de la escuela Marcos Sánchez, cerrada sin previo aviso a padres, alumnos y maestros, a pesar de no haber sufrido daños en el huracán María, en el municipio puertorriqueño de Yabucoa. PEDRO PORTAL pportal@miamiherald.com

Pero incluso los largos meses sin electricidad no dolieron tanto como esto. Siete meses después del paso de la tormenta, mientras la isla batallaba por ponerse de pie, los vecinos de las montañas encima de Yabucoa se enteraron de que el corazón de su comunidad —la escuela— estaba entre los 250 planteles que el gobierno planeaba cerrar. Y aunque las razones oficiales fueron la abrumadora deuda de la isla y el éxodo de miles de familias, problemas que ya existían antes del huracán, el golpe final fue María. La escuela, con capacidad para 500 alumnos, se había quedado con solamente 100.

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Empleados sacan pupitres y material escolar de la escuela Marcos Sánchez en el municipio puertorriqueño de Yabucoa, después que la escuela fue cerrada. PEDRO PORTAL pportal@miamiherald.com

“Se nos acabó el mundo a nosotros”, dijo Velázquez al describir el momento que se enteró que la Marcos Sánchez iba a cerrar.

“Esta escuela ya va para 100 años de fundada y de aquí han salido grandes, grandes personalidades”, agregó, mencionando alcaldes, legisladores y otros funcionarios que estudiaron en el edificio blanco y azul. Como la mayoría de sus vecinos, Velázquez asistió a la Marcos Sánchez cuando era niño, y durante los últimos ocho años también ha llevado a su hija a estudiar allí.

Ahora Genesis y sus compañeros de clases —niños a quienes ella conocía desde preescolar y que parecían los hermanos que ella nunca tuvo— serían enviados a diferentes escuelas, una separación que Genesis dijo, la hizo sentir “muy mal”.

Ahora resulta que no tendrán un autobús que la lleve a la escuela, porque iba a asistir a otro plantel en un vecindario conocido por el tráfico de drogas. Pero Velázquez y varios vecinos trasladaron a sus hijos a la escuela intermedia Rosa Costa Valdivieso, en una zona más segura.

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Alba Gómez Muñoz su desacuerdo con la secretaria de Educación de Puerto Rico, Julia Keleher, después que sus políticas llevaron al cierre de muchas escuelas, como la Marcos Sánchez (aunque no sufrió daños por el huracán María) sin enviar ninguna notificación a los padres, alumnos y maestros afectados en el municipio de Yabucoa. PEDRO PORTAL pportal@miamiherald.com

Una vecina, Alba Gómez, quien se unió a Genesis y Velázquez para mirar el desmantelamiento de la escuela, dijo que le preocupaba tener que pagar la gasolina adicional que gastaría para llevar a su hijo a clases. Madre soltera con tres hijos, Gómez sobrevive con $484 mensuales en manutención, más lo que se gana vendiendo sancocho y frituras.

Pero no fue sólo la falta de transporte lo que preocupaba a Gómez. En la Marcos Sánchez, ella sabía que podía contar con los vecinos en una emergencia. Los negocios al otro lado de la calle también se mantenían atentos a los niños. La pizzería y la pastelería les daban de comer cuando tenían hambre, y los padres pagaban después.

Aunque la nueva escuela estaba a solamente 20 minutos de camino en auto, estaba al otro lado del río Guayanés, que se inunda con las lluvias fuertes y a veces deja aislados a Gómez y sus vecinos. Y la nueva escuela estaba en el centro del pueblo, que parecía un mundo diferente. Mientras Yabucoa avanzaba lentamente un año después del huracán, todavía era un lugar dinámico comparado con esta zona en las montañas, conocida como Guayabota, caracterizada por sus pequeñas casas de bloques en medio de campos de ñame y plátanos, y la Marcos Sánchez era el centro de la comunidad.

Tras el huracán María, cientos de niños con necesidades especiales todavía no tienen maestros

“Yo estaba segura aquí porque yo nací aquí, me crié aquí, estudié aquí”, dijo Gómez, de pie en el patio afuera del aula de kínder, cuya pared exterior estaba decorada con un mural de pequeñas manos en forma de árbol.

“Ahora, fíjate, tienen a mis hijos lejos. En una emergencia, no sé… no voy a llegar a tiempo”, dijo.

La única esperanza que le quedaba al vecindario era una demanda que las familias habían presentado contra el Departamento de Educación en mayo, una de varias presentadas por comunidades en toda la isla para impugnar el cierre de docenas de escuelas.

Un tribunal de San Juan había desestimado la demanda en julio, pero las familias estaban apelando la decisión y Velázquez seguía optimista de ganar, quizás no a tiempo para este curso, pero sí para el próximo. Después de todo, la escuela era un centro comunitario y de votación para todo el vecindario.

“Esta escuela reúne la esencia de la comunidad”, dijo. “Es lo único que estaba aquí para reunir el pueblo. Lo único”.

El comienzo de una nueva vida

La pérdida de la escuela Marcos Sánchez puede haber sido algo doloroso para las familias, pero está lejos de ser lo peor por lo que han pasado en años recientes.

Yabucoa fue una vez un lugar próspero, recordaron los vecinos, donde fábricas textiles ofrecían empleos seguros y la tierra producía tabaco, plátanos, toronjas y pimientos en abundancia. Era una época en que en Puerto Rico, como dijo Velázquez, “no se sabía lo que era hambre”.

Entonces, a mediados de los años 2000, la economía de Puerto Rico se desplomó y muchas personas se mudaron a territorio continental de Estados Unidos. A medida que más familias se iban, menos alumnos quedaban en la escuela Marcos Sánchez. Cuando Velázquez asistió a esa escuela hace 40 años, había unos 500 estudiantes. Cuando el huracán María arrasó la zona en septiembre del 2017, ya había menos de 150. Y después quedaron 92.

Los problemas financieros de Velázquez son un reflejo de los de la isla. Su familia tenía un negocio de distribución de alimentos, pero quebró a mediados de los años 1990, cuando su principal cliente se fue a la bancarrota. Después, Velázquez encontró trabajo en la construcción. Genesis nació en el 2006 y Velázquez, que entonces tenía 42 años, escogió el nombre porque sintió que su llegada era “el comienzo de una nueva vida”.

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Cuando Genesis tenía 2 años, su mamá se marchó y Velázquez dejó el trabajo para cuidarla. Una vez que Genesis había crecido lo suficiente para volver al trabajo, los únicos empleos que había eran en restaurantes de comida rápida y nadie parecía querer contratarlo.

Velázquez, que ahora tiene 54 años, hace lo que puede para sobrevivir. Un trabajo temporal que tuvo hace poco como consejero de un campamento de verano le permitió ganar lo suficiente para comprar útiles escolares a la niña, pero en lo fundamental vive con $216 mensuales en cupones de alimentos y lo que su padre cultiva en un terrenito detrás de la casa. Aunque la vida en las montañas es dura, quiere criar a su hija aquí, lejos de las distracciones y los peligros del pueblo.

De muchas maneras, Genesis es una niña de 11 años típica. Juega en su teléfono móvil y mira telenovelas. (Su favorita es una telenovela turca titulada Llegaste tú, que cuenta la historia de una niña que quedó separada de su familia). Genesis sueña con ser cirujana plástica para poder ayudar a personas lesionadas en accidentes.

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La alumna Genesis Velázquez afuera de su escuela a la que ha asistido desde muy pequeña, junto a su padre, Felipe Velázquez (extrema izquierda) y su primo Jafenier Velázquez, después que la escuela, la Marcos Sánchez, fue cerrada sin previo aviso en el municipio de Yabucoa. PEDRO PORTAL pportal@miamiherald.com

Pero ha tenido que batallar con la ansiedad desde que era muy pequeña y teme que, al igual que su mamá, todas las personas que la rodean la van a abandonar. Desde el huracán, la ansiedad de Genesis ha empeorado. Aquella mañana del 20 de septiembre observó la tormenta acercarse a la pequeña vivienda de bloques de su familia, ubicada precariamente sobre el río Guayanés. Cuando los vientos arreciaron, las ventanas quedaron destrozadas. La casa se llenó de agua, que llegaba a los tobillos. La zona fue afectada por varios tornados.

Durante lo peor de la tormenta, Genesis se escondió detrás de su padre en el portal durante lo que parecieron horas, protegida sólo por el cuerpo de su padre y la puerta de madera, que se había abierto hacia afuera contra la pared y ofrecía un pequeño espacio protegido. La casa se estremecía como si fuera a salir volando en cualquier momento.

Entonces llegó la espera y la oscuridad. No había servicio telefónico y no sabía si sus familiares y amigos habían sobrevivido.

“Cuando uno pierde la comunicación, uno sabía de la familia, uno no sabía de los compañeros, uno pensaba ¿qué estaría pasando?, no sabía si les estaba pasando algo o no”, dijo Genesis.

Más tarde se enteró de que la casa de una de sus amigas quedó totalmente destruida. Durante los cinco meses siguientes, la amiga y su familia durmieron en la iglesia pentecostal al lado de la casa de Genesis. La jovencita hace tiempo que no ha sabido de su mamá, quien la llamaba de vez en cuando antes de la tormenta. Velázquez piensa que a lo mejor se fue a territorio continental de Estados Unidos.

‘Un balde de agua fría’

Cuando la gente salió de sus casas después del huracán, vieron que, a diferencia de casi todo lo demás, la escuela casi no había sufrido daños. Había cables y ramas caídas en el patio, pero el edificio había capeado el temporal. Después de limpiar la calle, los vecinos sacaron las ramas del patio de la escuela y limpiaron las aulas, en caso de que las personas que habían perdido sus casas necesitaran un lugar para dormir.

“Fue una experiencia muy bonita para nosotros ayudar para que la escuela se viera mucho mejor, para que digan ‘esta escuela no se va a cerrar en ningún momento’”, recordó Genesis.

En el vecindario de Genesis, una de las zonas más pobres de Yabucoa, algunas familias estuvieron sin electricidad casi 11 meses. Varias amistades de Genesis se mudaron a la Florida, Nueva York y República Dominicana con sus familias, parte de una ola de 27,000 estudiantes que se marcharon en los meses siguientes a la tormenta.

Las primeras escuelas en Puerto Rico reabrieron a finales de octubre, y a mediados de noviembre los niños que no habían emigrado regresaron a la Marcos Sánchez. Aunque eran pocos, las familias pensaban que la escuela seguiría abierta porque vivían muy lejos de otros planteles.

Un año después que el huracán María destrozara Puerto Rico, la cifra oficial de muertos asciende a 2,975, lo que convierte a María en uno de los peores desastres naturales en la historia de Estados Unidos. Narración de Rita Moreno.

La escuela ofrecía una sensación de estabilidad que muchos niños no tenían en su casa. El Departamento de Educación les daba dos comidas diarias, un alivio para los padres que habían quedado en una situación financiera grave desde el huracán.

Velázquez echó mano a sus magros ahorros para pagar los $300 mensuales en gasolina que necesitaba para un generador prestado. Trató de sacar lo máximo al dinero que recibía en asistencia pública “como si fuera una goma”. Pero no le alcanzaba. Así que finalmente canceló el plan de su teléfono celular para comprar gasolina para saciar el voraz apetito de gasolina del generador.

En abril, el Departamento de Educación publicó una lista de escuelas que planeaba cerrar durante el verano. El plan de consolidación ya se estaba preparando antes de María, y en el 2017 se habían cerrado más de 100 escuelas. Pero lo aceleraron después que miles de familias se marcharon de la isla tras el huracán.

La enorme deuda de Puerto Rico, aproximadamente $70,000 millones, había exigido reducciones de presupuesto que incluyeron $300 millones a la educación. La secretaria de Educación, Julia Keleher, dijo que casi la mitad de las 1,110 escuelas en la isla quedaron a menos del 60 por ciento de capacidad después de la tormenta y que el cierre de planteles tenía sentido financiero porque permitiría al sistema invertir más dinero en las escuelas restantes. Al comienzo del curso escolar 2018-19, el Departamento de Educación distribuyó miles de libros de texto nuevos, amplió el programa de educación a la primera infancia y dio a los directores de escuela un aumento de $5,000, todo pagado con los ahorros conseguidos con el cierre de escuelas.

En una entrevista en agosto en su oficina en San Juan, Keleher dijo que entendía que el cierre de escuelas provocara tanta ansiedad. “Tuvimos un huracán, hubo pérdidas de familias, de vidas, de ingresos, para las personas de todas las industrias que ya no están funcionando”, dijo. “Entonces, en este contexto, yo cierro la escuela y te mudo de tu lugar, y eso te hace perder la seguridad, porque ahora trabajas con otras personas”.

Pero Keleher dijo que creía que era importante seguir con los planes de reformar el sistema escolar de Puerto Rico, en que los estudiantes quedan por detrás de los alumnos del territorio continental estadounidense. La decisión de cerrar escuelas se tomó sobre la base de factores como la disponibilidad de transporte y la cantidad de habitantes en las zonas específicas, dijo.

Pero esa discusión a nivel de gobierno no había llegado a los vecinos de Velázquez. Así que cuando se enteraron que la Marcos Sánchez estaba en la lista, dijo Velázquez, fue “como te lanzaran un balde de agua fría por encima”.

Para Velázquez y sus vecinos, la decisión pareció arbitraria. En otras partes de la isla, escuelas con techos con filtraciones, ventanas tapadas y moho en las paredes habían seguido abiertas. “Ellos, cuando hicieron la cosa, pues no miraron los sentimientos del pueblo y el daño que pueden hacer realmente a la comunidad”, dijo Velázquez.

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Un aula casi vacía en la escuela Marcos Sánchez, en Yabucoa, que fue cerrada, a pesar de no sufrir daños por el huracán María, sin previo aviso a padres, alumnos y maestros, un año después del paso de la tormenta. PEDRO PORTAL pportal@miamiherald.com

Lo que más dolió fue que nadie les explicó por qué la escuela tenía que cerrar. Los padres se enteraron que la Marcos Sánchez estaba en la lista a través de las redes sociales y reportes noticiosos locales. Nunca recibieron una carta del Departamento de Educación ni una visita de funcionarios del gobierno. Como muchas cosas después del paso del huracán, de repente se vieron con una decisión tomada, sin advertencia, sin explicación. Al igual que los amigos, familiares y los servicios de electricidad y teléfono celular, un día los tenían y al siguiente no.

Cuando los alumnos se enteraron del cierre, los sollozos “se escuchaban por toda” la escuela, dijo Genesis. Funcionarios escolares trajeron trabajadores sociales y sicólogos para hablar con los niños.

“Después que tardó tanto en llegar la electricidad a la comunidad, le dicen que esa escuela va a ser cerrada”, dijo Gladys Vanessa Báez, maestra de segundo grado en la Marcos Sánchez. “En vez de darles una noticia alentadora, le dieron otra noticia devastadora”.

Un portavoz del Departamento de Educación declaró al Miami Herald que la escuela se cerró porque la matrícula había bajado a 92 alumnos. El portavoz, Alexi Ramos, dijo que a los padres se le informó en una reunión con el director de la escuela que el plantel podría cerrar, pero no ofreció detalles sobre cuándo o dónde fue la reunión. Velázquez dijo que no conocía de tal reunión.

Dos semanas después que la Marcos Sánchez apareció en la lista, docenas de padres y estudiantes realizaron una vigilia frente a la escuela. Vestidos de blanco, llevaban velas y la linterna de sus teléfonos móviles en las manos, alineados en forma de un símbolo reconocido universalmente: una cara triste.

Doce miembros de la comunidad, entre ellos Velázquez y un sobrino de 20 años, formaron un comité para organizar los esfuerzos del grupo. Para Velázquez, quien nunca había hecho activismo, luchar para salvar la escuela se convirtió en su trabajo a tiempo completo. Organizó protestas, recogió declaraciones de padres sobre las consecuencias negativas de perder la escuela y asistió a reuniones y sesiones de oración semanales.

Las protestas eran pequeñas, no tenían mucho dinero. El comité recogió donaciones de $5 y $10 para comprar alimentos para los asistentes y alquilar un camión con parlantes para propagar sus mensajes. Cuando el grupo fue a San Juan, un viaje de una hora y media, la alcaldía les dio autobuses.

En una protesta, una mañana lluviosa a principios de mayo, los padres y alumnos marcharon en círculo con sombrillas frente a la escuela. Báez y otra maestra coreaban por los altavoces: “Padres, madres y maestros...”, decía una maestra. “...En defensa de lo nuestro”, respondía Báez.

Un video de la protesta muestra a la vecina Gómez llevando un letrero con el dibujo de un avión que decía Julia Go Home, un mensaje dirigido a Keleher, quien no es puertorriqueña y trabajaba en Washington como asesora antes de asumir el cargo. Genesis, vestida con el uniforme escolar azul, marcha delante de su padre, quien sostiene un letrero con un mensaje sobre el poder de la educación.

Ese mes, los padres se unieron a los de otros vecindarios y la Asociación de Maestros de Puerto Rico para presentar una demanda que impugnaba el cierre de docenas de escuelas. Pero el caso fue desestimado después que el Tribunal Supremo de Puerto Rico confirmó los cierres al fallar sobre una demanda similar. Las familias de Yabucoa han llevado el caso a un tribunal de apelaciones.

Las familias también viajaron al Departamento de Educación en San Juan con la esperanza de reunirse con Keleher. Pero tuvieron que reunirse con uno de sus asistentes. Las familias subrayaron que las otras escuelas de la zona estaban demasiado lejos del vecindario y que ya tenían varios proyectos para la Marcos Sánchez, como instalar paneles solares en el techo y un programa para ayudar a los padres a terminar la educación secundaria.

Los padres ofrecieron hacerse cargo de lo que había que hacer en la escuela —limpiar el recinto, organizar las actividades de los alumnos— para reducir costos. “Incluso estábamos dispuestos a hacer trabajo comunitario para dar una oportunidad a la escuela”, dijo Velázquez al Miami Herald.

Nada de eso surtió efecto. La Marcos Sánchez sigue en la lista.

El primer día de clases

El 13 de agosto, Genesis se despertó a las 4:45 a.m. y de mala gana se puso el uniforme para el primer día de clases en séptimo grado: un pulóver azul claro y pantalones negros.

Al amanecer, la familia subió al maltratado Toyota Corolla que compartían. Un coro de ranas coquí e insectos llenaba el aire, roto a veces por el cantío de un gallo del vecino. Jafenier Velázquez, el sobrino de 20 años, se puso al volante y encendió el limpiaparabrisas para eliminar la condensación mañanera. Genesis se sentó atrás junto a su abuela, Jesusa Medina, quien iba a una cita médica.

Mientras la familia bajaba la montaña hacia Yabucoa, pasaron junto a grupos de niños en paradas de autobús hechas de bloques. También pasaron la Marcos Sánchez, ya clausurada.

Genesis, que por lo general es habladora, no abría la boca. Dijo que se sentía “un poco rara, pero triste a la vez” porque ya no iba a ver a algunas de sus amigas en la escuela. Mientras se preparaba para la escuela la noche anterior, hubo cuatro apagones, un recordatorio de las consecuencias del huracán.

Jafenier dejó a Genesis y a su padre en la escuela intermedia Rosa Costa Valdivieso a las 6:45 a.m., una hora y 15 minutos antes del primer timbre. Se sentaron a esperar sobre en un muro bajito de hormigón.

Todavía no había autobuses para llevar a los niños que viven en las montañas a la nueva escuela, de manera que la familia creó un cronograma complejo para usar el auto. Jafenier dejaría a Genesis y a Velázquez en la escuela antes de seguir a sus clases en la universidad, a una hora de camino. Por la tarde, los recogería para llevarlos a casa antes de irse a su trabajo en un Burger King. Eso significaba que Velázquez tenía que esperar afuera de la escuela todo el día.

Velázquez estaba acostumbrado a esperar. Cuando Genesis asistía a la Marcos Sánchez, Velázquez, pasaba buena parte del tiempo en una parada de autobús amarilla y oxidada al otro lado de la calle, listo para si un maestro lo llamaba a la escuela para limpiar u organizar una actividad. Ya le había pedido a la nueva maestra de Genesis si podía trabajar de voluntario, pero eso dependía del transporte.

También dependía de si le permitían entrar. A diferencia de la Marcos Sánchez, donde el guardia de seguridad era un vecino que dejaba que los padres entraran y salieran a su antojo, el acceso a la escuela Rosa Costa Valdivieso parecía más restringido. Los padres tenían que esperar afuera, a menos que fuera una emergencia o tuvieran una cita.

Mientras Genesis y Velázquez esperaban afuera de la escuela, más niños empezaron a llegar. La Rosa Costa Valdivieso no había escapado a la furia de la tormenta —los vientos destrozaron ventanas y arrancaron puertas de las bisagras— pero la mayor parte de los daños quedaron cubiertos con pintura en tranquilizantes tonos de rosado y amarillo.

Genesis le preguntó a su papá si pensaba que la cafetería estaba abierta.

“¿Vas a desayunar?”, le preguntó Velázquez. Genesis le sonrió con timidez y le tomó las manos, que tenía cruzadas sobre el vientre. Pero Genesis no se movió del muro.

“¿Tienes miedo?”, le preguntó Velázquez. Genesis hizo un gesto negativo con la cabeza, pero no parecía estar muy segura.

Velázquez sonrió. “Sí”, dijo.

Pero entonces a Genesis se le iluminó el rostro. Se puso de pie de un salto y corrió hacia una niña que había visto dentro de la escuela, una amiga de la Marcos Sánchez.

Unos minutos después sonó el timbre y Genesis, ya más calmada, le dio un beso en la mejilla a su papá.

“Ve para el salón, ve subiendo”, le dijo Velázquez. “Te amo”.

Genesis desapareció en medio de un grupo grande de alumnos que se dirigía a la escalera.

Más tarde esa mañana, Juan, hermano de Velázquez, llamó para saber cómo iba el primer día de clases de Genesis. Velázquez, que todavía no tenía teléfono, le había pedido prestado el suyo a Genesis.

“Genesis se quedó medio tristecita, pero cuando encontró varios de los de acá arriba, siento que se conformó”, le dijo Velázquez a su hermano.

El cambio no ha sido fácil para él. “A mí se me exprime el corazón”, dijo.